Hoy no necesitaba a nadie para resolver mis problemas personales. Esos que se desarrollan en mi mente para atar, con grandes nudos y tensas cuerdas, momentos a mi vida. Y en el fondo tenía que agradecer tener un medio de escape. Un sifón donde expulsar tanta rabia, dolor, ilusión, amor y esperanza. Todo en un caótico desorden.
No estaba el Maestro. Ni tampoco me encontraba en mi isla japonesa. Tampoco tomando el té ni practicando Artes Marciales. De hecho, no estaba. Es la mejor forma de definir lo que viene a continuación.
Cuando te enamoras (qué raro, parece que siempre empiezo hablando de este tema) sientes determinadas emociones en tu interior que te hacen ver cosas que pueden o no existir. Notas el aire de la noche veraniega mucho más cálido o frío en función de con quién estés. Notas el brillo de la luna mucho más intenso que cuando estás solo y, sobre todo, la gente que te rodea parece más feliz o menos de una forma extrañamente subjetiva.
Lo he experimentado. He experimentado sensaciones que difícilmente puedo explicar. Por ejemplo, me he quedado mirando a la luna de una forma tan intensa que dolía dejar de mirarla. Un brillo tan plateado como siniestro que te envuelve y acuna en tus pensamientos y pesadillas. Ya lo decía la canción: La noche debilita los corazones.
Pero empiezo a pensar que no es lo que siento ahora. Y claro, eso me preocupa. ¿Por qué?
Porque puede ser culpa mía. Puede que no mire a la luna con los ojos de un niño de dieciséis años. Puede que haya crecido tanto y tan rápido que estar en mitad de la nada, rodeado de árboles y observando como la vida se abre paso pese al inexorable aliento del ser humano en cada rincón, no me despierte un poco de bondad. Ni siquiera lástima.
Me preocupa porque puede que yo haya perdido la ilusión de ver a un niño sonreír cuando le regalan su primer juguete, o cuando descubre que los mundos de fantasía en los que él creía no existen. Al menos no tan idílicos: siempre hay un castillo con una bruja y una princesa. Aunque en la realidad, la princesa mata a la bruja por la envidia que suscita la libertad de lo cotidiano. En la realidad, las princesas no son princesas.
Aunque para ser sincero, el motivo por el que me preocupa que no sienta nada ahora es porque puede que ahora no sienta nada. Y eso sí que me preocupa.
Hoy no necesitaba una confesión a nadie. Hoy, lo que necesitaba, era escribir algo que mi mente ate para siempre. Y cuando vuelva, mañana, pasado, en un mes o en un año, recuerde perfectamente cómo me sentía hoy.
Y para darte una pista de por qué escribo ésto, querido yo, dejaré que te plantees como un mar de fuego, tan suave y rítmico, tan acompasado, puede afectar a tu visión de la vida.
Al final, lo puedes resumir en eso, querido yo. En que un mar de fuego te había atrapado.
Y estabas jodidamente cómodo allí...
domingo, 24 de noviembre de 2013
lunes, 4 de noviembre de 2013
#Confesion 9. Sobre los momentos.
Ciertos momentos de nuestra existencia nos hace plantearnos diferentes puntos de vista sobre las cosas. Por ejemplo, el nacimiento de un bebé, u observar el pétalo de una flor bañada con el rocío de la mañana u oculta entre la nieve de Alaska, puede cambiar nuestra percepción de la vida y la muerte.
Pero cuando se habla del amor... Bueno. Cuando se habla del amor cualquier simple hecho nos cambia la vida. Una llamada (la era actual, la de las telecomunicaciones, ha propiciado el súbito cambio de opinión en cuestiones amorosas), una mirada, una sonrisa, una canción.
Una frase. Una idea.
Y en eso estaba pensando, cuando noté como de repente mis costillas se hundían y yo me doblaba hacia atrás, fruto de una tremenda patada del Maestro. Caí sobre una rodilla y cogiendo bocanadas de aire, como si en cualquier momento fuese a desaparecer, pedí permiso para retirarme. Era obvio, no por esa patada, sino por la transición del combate, que hoy no era mi día.
- Descansa. Seguiremos en un rato. Vacía tu mente y vuelve a llenarla con las Artes Marciales. No tolero otros pensamientos mientras estás con la guardia en alto - aunque mi Maestro era un hombre mayor, con sus dolencias y algunas limitaciones físicas, y aunque yo era un chaval de poco más de veintiséis años, aún me faltaban años de práctica para tener ocasión de vencer en un combate singular. Más aún en un combate sobre retórica y conocimiento. En fin. Sería un alumno de por vida.
- Gracias, Maestro - me dispuse a alzarme y sentarme a la mesa, para tomar un té, cuando me acordé de algo. Algo que, como siempre, el Maestro podría solucionar - Maestro. ¿Cómo de rápido puede uno cambiar, o bajo qué condiciones un "te quiero" deja de ser verdad? - repasé mi pregunta. Al hacerlo, sonrojé y me aferré a la esperanza de que no lo hubiese dicho en voz alta. De que lo hubiese querido decir, pero no hubiese salido de mi boca. Qué estúpido fui.
- Ja ja ja. Muchacho... ¿Acaso amas a alguien como para cuestionarte un "te quiero"? ¿Acaso tu corazón no puede permitir que irrumpan dos almas a las que querer por igual? Las personas no son iguales entre sí. El anticuado modo de ver la vida que los occidentales tenéis, os hace limitaros al amor de una mujer, una única mujer, por y para siempre. Incluso lo juráis ante vuestro Dios, en algunos casos- el Maestro me miró con un destello de picaresca en los ojos - Muchas veces, una mujer y su alma inundan tu ser y te llenan por completo. Pero a veces, tu corazón es incapaz de encontrar todo lo que necesita en esa persona. Ese es el momento en el que se pone a buscar entre las demás rosas aquella que le de el néctar que le falta. Pero claro... ¿Ese alma que te llena parcialmente, está dispuesta a compartir el recipiente? ... - me di cuenta de que toda esa charla era mucho más de lo que había hablado el Maestro en lo que llevábamos de día. Puede que fuese una reflexión dirigida a él mismo. Puede que si me fuese, él siguiera hablando sobre el amor y sus escondites. Obviamente, me quedé - Luego, muchacho. Si lo que me preguntas es si puedes amar a dos personas al mismo tiempo, la respuesta es llanamente que no. Puedes amar a miles de personas con la misma intensidad y al mismo tiempo. Pero si por el contrario, la pregunta se refiere a que si puedes ser amado por igual por dos personas, la respuesta es no. Porque eso no depende de ti. ¿Lo entendiste?
- Creo que sí, Maestro...
- Te noto dudar. ¿Qué ocurre?
- Nunca me había dado una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que yo le haya hecho. Eso es todo.
- Nunca me habías pedido una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que me hayas hecho. Eso es todo.
Sonreí llevándome la taza de té a mis labios. Quemaba. Pero me limpió por dentro: olvidé el amor, los te quiero y las reflexiones. Ahora, era tiempo de luchar.
- ¿Proseguimos, Maestro?
- Claro... - parecía aún absorto en sus divagaciones silenciosas. Como si tuviera que explicarse a sí mismo algunos actos de su vida que nunca verían la luz del día - Espero que estés listo. La próxima patada, será con intención de darte, no de despertarte.
Y comenzamos a luchar.
Pero cuando se habla del amor... Bueno. Cuando se habla del amor cualquier simple hecho nos cambia la vida. Una llamada (la era actual, la de las telecomunicaciones, ha propiciado el súbito cambio de opinión en cuestiones amorosas), una mirada, una sonrisa, una canción.
Una frase. Una idea.
Y en eso estaba pensando, cuando noté como de repente mis costillas se hundían y yo me doblaba hacia atrás, fruto de una tremenda patada del Maestro. Caí sobre una rodilla y cogiendo bocanadas de aire, como si en cualquier momento fuese a desaparecer, pedí permiso para retirarme. Era obvio, no por esa patada, sino por la transición del combate, que hoy no era mi día.
- Descansa. Seguiremos en un rato. Vacía tu mente y vuelve a llenarla con las Artes Marciales. No tolero otros pensamientos mientras estás con la guardia en alto - aunque mi Maestro era un hombre mayor, con sus dolencias y algunas limitaciones físicas, y aunque yo era un chaval de poco más de veintiséis años, aún me faltaban años de práctica para tener ocasión de vencer en un combate singular. Más aún en un combate sobre retórica y conocimiento. En fin. Sería un alumno de por vida.
- Gracias, Maestro - me dispuse a alzarme y sentarme a la mesa, para tomar un té, cuando me acordé de algo. Algo que, como siempre, el Maestro podría solucionar - Maestro. ¿Cómo de rápido puede uno cambiar, o bajo qué condiciones un "te quiero" deja de ser verdad? - repasé mi pregunta. Al hacerlo, sonrojé y me aferré a la esperanza de que no lo hubiese dicho en voz alta. De que lo hubiese querido decir, pero no hubiese salido de mi boca. Qué estúpido fui.
- Ja ja ja. Muchacho... ¿Acaso amas a alguien como para cuestionarte un "te quiero"? ¿Acaso tu corazón no puede permitir que irrumpan dos almas a las que querer por igual? Las personas no son iguales entre sí. El anticuado modo de ver la vida que los occidentales tenéis, os hace limitaros al amor de una mujer, una única mujer, por y para siempre. Incluso lo juráis ante vuestro Dios, en algunos casos- el Maestro me miró con un destello de picaresca en los ojos - Muchas veces, una mujer y su alma inundan tu ser y te llenan por completo. Pero a veces, tu corazón es incapaz de encontrar todo lo que necesita en esa persona. Ese es el momento en el que se pone a buscar entre las demás rosas aquella que le de el néctar que le falta. Pero claro... ¿Ese alma que te llena parcialmente, está dispuesta a compartir el recipiente? ... - me di cuenta de que toda esa charla era mucho más de lo que había hablado el Maestro en lo que llevábamos de día. Puede que fuese una reflexión dirigida a él mismo. Puede que si me fuese, él siguiera hablando sobre el amor y sus escondites. Obviamente, me quedé - Luego, muchacho. Si lo que me preguntas es si puedes amar a dos personas al mismo tiempo, la respuesta es llanamente que no. Puedes amar a miles de personas con la misma intensidad y al mismo tiempo. Pero si por el contrario, la pregunta se refiere a que si puedes ser amado por igual por dos personas, la respuesta es no. Porque eso no depende de ti. ¿Lo entendiste?
- Creo que sí, Maestro...
- Te noto dudar. ¿Qué ocurre?
- Nunca me había dado una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que yo le haya hecho. Eso es todo.
- Nunca me habías pedido una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que me hayas hecho. Eso es todo.
Sonreí llevándome la taza de té a mis labios. Quemaba. Pero me limpió por dentro: olvidé el amor, los te quiero y las reflexiones. Ahora, era tiempo de luchar.
- ¿Proseguimos, Maestro?
- Claro... - parecía aún absorto en sus divagaciones silenciosas. Como si tuviera que explicarse a sí mismo algunos actos de su vida que nunca verían la luz del día - Espero que estés listo. La próxima patada, será con intención de darte, no de despertarte.
Y comenzamos a luchar.
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