domingo, 24 de noviembre de 2013

#Confesion 10. Sobre las sensaciones.

Hoy no necesitaba a nadie para resolver mis problemas personales. Esos que se desarrollan en mi mente para atar, con grandes nudos y tensas cuerdas, momentos a mi vida. Y en el fondo tenía que agradecer tener un medio de escape. Un sifón donde expulsar tanta rabia, dolor, ilusión, amor y esperanza. Todo en un caótico desorden.

No estaba el Maestro. Ni tampoco me encontraba en mi isla japonesa. Tampoco tomando el té ni practicando Artes Marciales. De hecho, no estaba. Es la mejor forma de definir lo que viene a continuación.

Cuando te enamoras (qué raro, parece que siempre empiezo hablando de este tema) sientes determinadas emociones en tu interior que te hacen ver cosas que pueden o no existir. Notas el aire de la noche veraniega mucho más cálido o frío en función de con quién estés. Notas el brillo de la luna mucho más intenso que cuando estás solo y, sobre todo, la gente que te rodea parece más feliz o menos de una forma extrañamente subjetiva.

Lo he experimentado. He experimentado sensaciones que difícilmente puedo explicar. Por ejemplo, me he quedado mirando a la luna de una forma tan intensa que dolía dejar de mirarla. Un brillo tan plateado como siniestro que te envuelve y acuna en tus pensamientos y pesadillas. Ya lo decía la canción: La noche debilita los corazones.

Pero empiezo a pensar que no es lo que siento ahora. Y claro, eso me preocupa. ¿Por qué?

Porque puede ser culpa mía. Puede que no mire a la luna con los ojos de un niño de dieciséis años. Puede que haya crecido tanto y tan rápido que estar en mitad de la nada, rodeado de árboles y observando como la vida se abre paso pese al inexorable aliento del ser humano en cada rincón, no me despierte un poco de bondad. Ni siquiera lástima.

Me preocupa porque puede que yo haya perdido la ilusión de ver a un niño sonreír cuando le regalan su primer juguete, o cuando descubre que los mundos de fantasía en los que él creía no existen. Al menos no tan idílicos: siempre hay un castillo con una bruja y una princesa. Aunque en la realidad, la princesa mata a la bruja por la envidia que suscita la libertad de lo cotidiano. En la realidad, las princesas no son princesas.

Aunque para ser sincero, el motivo por el que me preocupa que no sienta nada ahora es porque puede que ahora no sienta nada. Y eso sí que me preocupa.

Hoy no necesitaba una confesión a nadie. Hoy, lo que necesitaba, era escribir algo que mi mente ate para siempre. Y cuando vuelva, mañana, pasado, en un mes o en un año, recuerde perfectamente cómo me sentía hoy.

Y para darte una pista de por qué escribo ésto, querido yo, dejaré que te plantees como un mar de fuego, tan suave y rítmico, tan acompasado, puede afectar a tu visión de la vida.

Al final, lo puedes resumir en eso, querido yo. En que un mar de fuego te había atrapado.

Y estabas jodidamente cómodo allí...

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