"Cuando te sientes como un alma creativa y tus actos dejan de ser premeditados, estás más cerca de la perfección artística de lo que te piensas. Esa ausencia de planificación y ese afán artístico son capaces de convertir tu cuerpo, mente, alma y sentimientos en la manifestación de todo tu ser."
- No sé como continuar, Maestro - escribía con un entusiasmo desmedido. Pero llegó un parón de repente en mi cabeza que me impidió ver cuál era el siguiente paso. La siguiente reflexión.
- ¿Qué es lo que quieres que tus palabras expresen? ¿Una forma de ver la vida? ¿Una reflexión del '¿Y si...?' más largo de tu corta vida? - me preguntó. Permanecía sentado, con los ojos cerrados y haciendo gestos con las manos, correspondiente a distintas técnicas marciales.
- Puede... - respondí. Me mordía el labio, y cuando me hacía daño, mordía el lápiz. El papel permanecía en el suelo, y yo sentado me inclinaba hacia él, alejándome acercándome... Encontrar una nueva perspectiva.
"Y si es tu mente la que se desarrolla, estarás más cerca del autodominio. Cuando el corazón dicte las instrucciones al ritmo de la sístole ventricular y en cada diástole seas capaz de tomar una decisión, el control de tu cuerpo y alma es automático. Eso, en esencia, es la capacidad que un artista marcial debe desarrollar."
Y eso era. Tan simple. Tan complejo.
- ¿Puede definirse así? - se lo leí al Maestro.
- Demasiado complejo. O simple. ¿Tú crees que es justo eso lo que quieres expresar? ¿Estás totalmente convencido?
Reflexioné. Uno, tres, veinte minutos.
- Sí. Es justo eso, Maestro. Simple y complejo.
"Es así de simple. Así de complejo. La perfección artística y el autodominio son la base y esencia de cualquier Arte. Especialmente en las Artes Marciales."
Cuando leí esa frase, quedaba coja. Hay algo que no estaba bien. Agregué:
"[...] El único arte que no se basa en estos principios es el de amar. El de tomar decisiones con el propio corazón. No existe ni la perfección ni el autodominio. Es Caos. Esto se explicará en otra reflexión".
Con la satisfacción del deber cumplido, guardé esa hoja de papel y empecé a seguir a mi maestro con sus movimientos y técnicas.
Ambos sentados, con los ojos cerrados, recogiendo un brazo y estirando el puño. Abriendo la mano y golpeando de forma circular al aire. Éramos un fragmento de tiempo congelado. Coordinados, serenos. Joven. Anciano.
Justo lo que debíamos ser.
viernes, 15 de marzo de 2013
martes, 12 de marzo de 2013
#Confesión 3. Mi peor lucha
Pues claro que me sentía ofendido. Más que ofendido, me sentía furioso.
- Me pediste que te hiciera caso - le recriminé- sin embargo lo único que obtengo de ti es traición tras traición. Como una vorágine de malos entendidos racionales, como un constante golpe de mala suerte. Eres despreciable. ¡DESPRECIABLE! - gritaba todo lo fuerte que podía. Me dolían los puños de tenerlos cerrados. Eran demasiadas cosas, demasiado tiempo haciéndome ver falsas ilusiones y esperanzas. Al final, desaté mi ira.
Le golpeé tan fuerte como pude. Más fuerte que aquella vez en la que la corteza del árbol saltó disparada. El golpe fue contundente, con mis puños, con sangre en mis labios de morderme. Con lágrimas de dolor y angustia en las mejillas. Con el sudor bañando el desnudo cuerpo.
- ¡Te lo dije! ¡Te dije que te mantuvieras al margen! ¡Te dije que me dejaras a mi! Nunca me haces caso, ¡NUNCA! - el segundo golpe salió de mi vientre, de mi pecho, de mi alma. Salió con tanta potencia y fuerza que creí perder ese brazo para siempre. Sentí el dolor amortiguado del golpe en mis nudillos, muñeca, antebrazo, hombro, cuello y espalda. Noté el leve crujido de mis huesos, la tensión de mis músculos.
- No puedo permitirlo. No es ella tan especial. ¿No lo entiendes? Estás jugando con alguien a quién apenas conoces... Mejor será que te alejes de mi - mi cuerpo estaba engarrotado de los golpes propinados, pero mi voz no temblaba. Firme, serena. Con la confianza que creía perdida - Quiero que no me vuelvas a aconsejar. Que te alejes lo que te permita el universo y salgas de mi cuerpo. No es tan especial. ¡ELLA NO ES TAN ESPECIAL! - con el último aliento que me quedaba le grité, arañé, golpeé, mordí. Y entonces, abrí los ojos.
- ¿Estás bien? - me preguntó mi maestro - parecías conversar con alguien.
- No Maestro. Estaba meditando. Hablaba con mi corazón. Le dejaba las cosas claras - le miré buscando complicidad, algún gesto que dijese: te entiendo, sé como funciona. Pero allí estaba mi Maestro. Impasible, con los ojos cerrados, la barba blanca totalmente lisa y peinada. Sin sonreír, sin levantarse de sus rodillas. Ahora me planteo si alguna vez le he visto sin que esté meditando...
- ¿Ya lo has arreglado todo con tu corazón? Recuerda, no te ciegues. Nunca te ciegues. El alma entiende un lenguaje que no es perceptible a ti en su forma real. El corazón te lo traduce todo, aunque a veces un poco tergiversado... - yo seguía sentado de rodilla, con el pulso acelerado y las rodillas molestas. Me incliné a saludar y agradecerle a mi maestro todo lo que en ese día me había otorgado y él, con un gesto casi imperceptible de asentimiento, sin mirarme, me dio permiso para retirarme.
Yo creía que lo había entendido. El corazón me traduce lo que mis ojos no ven.
Pero si eso era verdad, entonces... Entonces...
Entonces estaba en un verdadero problema. Entonces, ella sí era tan especial como mi corazón me decía...
- Me pediste que te hiciera caso - le recriminé- sin embargo lo único que obtengo de ti es traición tras traición. Como una vorágine de malos entendidos racionales, como un constante golpe de mala suerte. Eres despreciable. ¡DESPRECIABLE! - gritaba todo lo fuerte que podía. Me dolían los puños de tenerlos cerrados. Eran demasiadas cosas, demasiado tiempo haciéndome ver falsas ilusiones y esperanzas. Al final, desaté mi ira.
Le golpeé tan fuerte como pude. Más fuerte que aquella vez en la que la corteza del árbol saltó disparada. El golpe fue contundente, con mis puños, con sangre en mis labios de morderme. Con lágrimas de dolor y angustia en las mejillas. Con el sudor bañando el desnudo cuerpo.
- ¡Te lo dije! ¡Te dije que te mantuvieras al margen! ¡Te dije que me dejaras a mi! Nunca me haces caso, ¡NUNCA! - el segundo golpe salió de mi vientre, de mi pecho, de mi alma. Salió con tanta potencia y fuerza que creí perder ese brazo para siempre. Sentí el dolor amortiguado del golpe en mis nudillos, muñeca, antebrazo, hombro, cuello y espalda. Noté el leve crujido de mis huesos, la tensión de mis músculos.
- No puedo permitirlo. No es ella tan especial. ¿No lo entiendes? Estás jugando con alguien a quién apenas conoces... Mejor será que te alejes de mi - mi cuerpo estaba engarrotado de los golpes propinados, pero mi voz no temblaba. Firme, serena. Con la confianza que creía perdida - Quiero que no me vuelvas a aconsejar. Que te alejes lo que te permita el universo y salgas de mi cuerpo. No es tan especial. ¡ELLA NO ES TAN ESPECIAL! - con el último aliento que me quedaba le grité, arañé, golpeé, mordí. Y entonces, abrí los ojos.
- ¿Estás bien? - me preguntó mi maestro - parecías conversar con alguien.
- No Maestro. Estaba meditando. Hablaba con mi corazón. Le dejaba las cosas claras - le miré buscando complicidad, algún gesto que dijese: te entiendo, sé como funciona. Pero allí estaba mi Maestro. Impasible, con los ojos cerrados, la barba blanca totalmente lisa y peinada. Sin sonreír, sin levantarse de sus rodillas. Ahora me planteo si alguna vez le he visto sin que esté meditando...
- ¿Ya lo has arreglado todo con tu corazón? Recuerda, no te ciegues. Nunca te ciegues. El alma entiende un lenguaje que no es perceptible a ti en su forma real. El corazón te lo traduce todo, aunque a veces un poco tergiversado... - yo seguía sentado de rodilla, con el pulso acelerado y las rodillas molestas. Me incliné a saludar y agradecerle a mi maestro todo lo que en ese día me había otorgado y él, con un gesto casi imperceptible de asentimiento, sin mirarme, me dio permiso para retirarme.
Yo creía que lo había entendido. El corazón me traduce lo que mis ojos no ven.
Pero si eso era verdad, entonces... Entonces...
Entonces estaba en un verdadero problema. Entonces, ella sí era tan especial como mi corazón me decía...
martes, 5 de marzo de 2013
#Confesión 2. Sobre su sonrisa
Sentados bajo la lluvia incesante y el frío invierno, manteníamos un acuerdo de silencio con la naturaleza. Acuerdo roto únicamente por el aleteo de las aves que revoloteaban de árbol en árbol mojado, buscando, quizás, un lugar donde poder cobijarse. Las rodillas doloridas tras ser el único apoyo de mi cuerpo durante horas (¿o días?) y los antebrazos insensibles por el roce del aire frío. El rostro impasible, mirando al frente, aprendiendo de memoria cada uno de los trazos de ese paisaje.
- Maestro - susurré.
- ¿Sí? - su voz serena y relajada en todas las situaciones era algo que a mi me impresionaba. Parecía tener claro que, tras cada luna, viene un sol. Que siempre pasa el invierno y la primavera nunca es eterna. Yo, para ser sinceros, no lo tenía tan claro.
- Es ella otra vez. Es su recuerdo. Su capacidad para distraerme y hacerme volver en el tiempo a sus brazos, sus caricias. A esa sonrisa traviesa, o esas lágrimas amargas que compartimos. A veces me planteo cómo deben ser las cosas o cómo habrían podido ser - todo lo iba diciendo despacio. Brotaba de mi cada palabra y la lluvia seguía mojando mi cara, mis manos, mi pelo. Mis labios. Saboreaba esa lluvia que tan humano me hacía sentir, tan insignificante. Era parte de mi.
- Te planteas muchas preguntas que no tienen respuesta. Te planteas cómo es posible que estemos aquí sentados, pero no disfrutas del simple hecho de estarlo. Me recuerdas a un viejo tonto, cansado de vivir y demasiado vago como para morir... - aunque sus ojos permanecían cerrados y su boca impasible, la voz con la que me hablaba casi parecía un intento de comprensión, o puede que de un recuerdo gracioso. Pero claro, eso con mi Maestro era siempre una adivinanza. Me había acostumbrado a ello.
- Es posible, Maestro. Quizás yo sea un vago anciano... O quizás sea que el deseo del puro sentimiento me hace envejecer. Que con cada recuerdo mi piel se marchita y mis ojos se cansan. Quizás sea eso. Que ella siempre tuvo esa bella juventud de quién no ha sufrido un mal de amores. Esa juventud tan cruda y sincera que hacía sonreír a mis pesadillas. Esa puñetera sonrisa, amarga delicia...
- Ahórrate esas palabrejas, inepto. Si necesitas recurrir a ellas para expresarte es que te falta corazón o cerebro. O ambas cosas - me reprendió el Maestro, con voz severa y autoritaria.
- Tiene razón Maestro. Discúlpeme - me arrepentí casi de inmediato de haber hablado así de su sonrisa. Tras la disculpa, volví a cerrar los ojos. Deseaba que no me desvelase otra vez de mi tranquilidad aquella luz en sus ojos, aquella dulzura en sus manos. Aquella sonrisa.
Esa sonrisa...
Esa sonrisa...
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