martes, 5 de marzo de 2013

#Confesión 2. Sobre su sonrisa

                   Sentados bajo la lluvia incesante y el frío invierno, manteníamos un acuerdo de silencio con la naturaleza. Acuerdo roto únicamente por el aleteo de las aves que revoloteaban de árbol en árbol mojado, buscando, quizás, un lugar donde poder cobijarse. Las rodillas doloridas tras ser el único apoyo de mi cuerpo durante horas (¿o días?) y los antebrazos insensibles por el roce del aire frío. El rostro impasible, mirando al frente, aprendiendo de memoria cada uno de los trazos de ese paisaje.

- Maestro - susurré.
- ¿Sí? - su voz serena y relajada en todas las situaciones era algo que a mi me impresionaba. Parecía tener claro que, tras cada luna, viene un sol. Que siempre pasa el invierno y la primavera nunca es eterna. Yo, para ser sinceros, no lo tenía tan claro.
- Es ella otra vez. Es su recuerdo. Su capacidad para distraerme y hacerme volver en el tiempo a sus brazos, sus caricias. A esa sonrisa traviesa, o esas lágrimas amargas que compartimos. A veces me planteo cómo deben ser las cosas o cómo habrían podido ser - todo lo iba diciendo despacio. Brotaba de mi cada palabra y la lluvia seguía mojando mi cara, mis manos, mi pelo. Mis labios. Saboreaba esa lluvia que tan humano me hacía sentir, tan insignificante. Era parte de mi.
- Te planteas muchas preguntas que no tienen respuesta. Te planteas cómo es posible que estemos aquí sentados, pero no disfrutas del simple hecho de estarlo. Me recuerdas a un viejo tonto, cansado de vivir y demasiado vago como para morir... - aunque sus ojos permanecían cerrados y su boca impasible, la voz con la que me hablaba casi parecía un intento de comprensión, o puede que de un recuerdo gracioso. Pero claro, eso con mi Maestro era siempre una adivinanza. Me había acostumbrado a ello.
- Es posible, Maestro. Quizás yo sea un vago anciano... O quizás sea que el deseo del puro sentimiento me hace envejecer. Que con cada recuerdo mi piel se marchita y mis ojos se cansan. Quizás sea eso. Que ella siempre tuvo esa bella juventud de quién no ha sufrido un mal de amores. Esa juventud tan cruda y sincera que hacía sonreír a mis pesadillas. Esa puñetera sonrisa, amarga delicia... 
- Ahórrate esas palabrejas, inepto. Si necesitas recurrir a ellas para expresarte es que te falta corazón o cerebro. O ambas cosas - me reprendió el Maestro, con voz severa y autoritaria.
- Tiene razón Maestro. Discúlpeme - me arrepentí casi de inmediato de haber hablado así de su sonrisa. Tras la disculpa, volví a cerrar los ojos. Deseaba que no me desvelase otra vez de mi tranquilidad aquella luz en sus ojos, aquella dulzura en sus manos. Aquella sonrisa.                

Esa sonrisa...


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