Pues claro que me sentía ofendido. Más que ofendido, me sentía furioso.
- Me pediste que te hiciera caso - le recriminé- sin embargo lo único que obtengo de ti es traición tras traición. Como una vorágine de malos entendidos racionales, como un constante golpe de mala suerte. Eres despreciable. ¡DESPRECIABLE! - gritaba todo lo fuerte que podía. Me dolían los puños de tenerlos cerrados. Eran demasiadas cosas, demasiado tiempo haciéndome ver falsas ilusiones y esperanzas. Al final, desaté mi ira.
Le golpeé tan fuerte como pude. Más fuerte que aquella vez en la que la corteza del árbol saltó disparada. El golpe fue contundente, con mis puños, con sangre en mis labios de morderme. Con lágrimas de dolor y angustia en las mejillas. Con el sudor bañando el desnudo cuerpo.
- ¡Te lo dije! ¡Te dije que te mantuvieras al margen! ¡Te dije que me dejaras a mi! Nunca me haces caso, ¡NUNCA! - el segundo golpe salió de mi vientre, de mi pecho, de mi alma. Salió con tanta potencia y fuerza que creí perder ese brazo para siempre. Sentí el dolor amortiguado del golpe en mis nudillos, muñeca, antebrazo, hombro, cuello y espalda. Noté el leve crujido de mis huesos, la tensión de mis músculos.
- No puedo permitirlo. No es ella tan especial. ¿No lo entiendes? Estás jugando con alguien a quién apenas conoces... Mejor será que te alejes de mi - mi cuerpo estaba engarrotado de los golpes propinados, pero mi voz no temblaba. Firme, serena. Con la confianza que creía perdida - Quiero que no me vuelvas a aconsejar. Que te alejes lo que te permita el universo y salgas de mi cuerpo. No es tan especial. ¡ELLA NO ES TAN ESPECIAL! - con el último aliento que me quedaba le grité, arañé, golpeé, mordí. Y entonces, abrí los ojos.
- ¿Estás bien? - me preguntó mi maestro - parecías conversar con alguien.
- No Maestro. Estaba meditando. Hablaba con mi corazón. Le dejaba las cosas claras - le miré buscando complicidad, algún gesto que dijese: te entiendo, sé como funciona. Pero allí estaba mi Maestro. Impasible, con los ojos cerrados, la barba blanca totalmente lisa y peinada. Sin sonreír, sin levantarse de sus rodillas. Ahora me planteo si alguna vez le he visto sin que esté meditando...
- ¿Ya lo has arreglado todo con tu corazón? Recuerda, no te ciegues. Nunca te ciegues. El alma entiende un lenguaje que no es perceptible a ti en su forma real. El corazón te lo traduce todo, aunque a veces un poco tergiversado... - yo seguía sentado de rodilla, con el pulso acelerado y las rodillas molestas. Me incliné a saludar y agradecerle a mi maestro todo lo que en ese día me había otorgado y él, con un gesto casi imperceptible de asentimiento, sin mirarme, me dio permiso para retirarme.
Yo creía que lo había entendido. El corazón me traduce lo que mis ojos no ven.
Pero si eso era verdad, entonces... Entonces...
Entonces estaba en un verdadero problema. Entonces, ella sí era tan especial como mi corazón me decía...
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