Hoy me levanté y me fui temprano, dejando al Maestro en casa meditando (o durmiendo) mientras yo me retiraba a la alameda a respirar y pensar. Imagínense la situación. Una arboleda. El sol, en su cruel naturaleza, atravesando las hojas con su luz, como si no quisiera perderse ni un sólo pedazo de eternidad que la sombra pudiese ocultar. Allí estaba yo. En mitad de todo aquel silencioso entorno, con mi pequeña y maltrecha libreta y un lápiz sin apenas punta escribiendo acerca de locuras y tonterías.
"Cuando el corazón tiene que tomar decisiones difíciles, se nubla la razón. Entra en un estado aletargado que le impide reaccionar a las situaciones lógicas y coherentes con la respuesta adecuada. Como si de repente, todo fuese mil veces más complicado. No contento con ésto, genera una sensación de inseguridad que te hace cuestionar tus propios principios. Te comienzas a hacer preguntas trascendentes que inmediatamente descartas por encajar en un modelo de sociedad que repudia la autocrítica y el respeto. Y mucho peor. Repudia el amor propio."
Me detuve. Este párrafo me había salido especialmente del alma. Estaba en blanco, aunque era posible que no hubiese que añadir nada más. Pero de repente, vi sus ojos. Grandes, sugerentes. Incitándome al desnudo más animal, a la más instintiva de las pasiones y al desgarro del espacio que nos separaba. A arrancarle suspiros, llenar su piel de diamantes de sudor y rojizas zonas mordidas en torno a su terso cuello. Mis manos se iban sin que yo pudiera controlarlas y mis piernas obedecían un siniestro compás que no era perceptible a oídos de quién nunca ha sentido esa primitiva necesidad de amar.
Volví a abrir los ojos y no estaba.
"Sin embargo, en los momentos en los que te cuestionas tu propia integridad, existencia y sentimientos es cuando la razón, lúcida y feroz, hace acto de presencia. Y te susurra: 'Eh. Que tú, por encima de todo, eres humano'.
No encuentro las palabras posibles para describirlo. La sensación es parecida al miedo. Empieza con un leve cosquilleo en las manos y un escalofrío que te recorre a velocidad de vértigo la columna, erizando los pelos de tu nuca. Cuando llega a la cabeza, se enfría de repente y tus pupilas se hacen más grandes. A veces el mismo cosquilleo te hace estirar el cuello y el pecho. Recorre tus pectorales y pezones, bajando al estómago, donde definitivamente se asienta. Y lo sientes frío, revuelto. Como un ente que no debería estar allí. Y tu cuerpo intenta expulsarlo, pero no es capaz.
Si entiendes cuál es esa sensación, entenderás que todo lo provoca el corazón. Esa máquina de despechos e inseguridades.
La razón es la sensación contraria. La que relaja. La que hace que tus párpados dejen de contraerse y se relajen. La que deja que tus labios dibujen una pequeña sonrisa y tus manos se muevan con lentitud hacia tu pelo, caderas o bolsillos (si eres tradicional). La razón es la que te permite andar con normalidad y dibujarte una máscara de seguridad y dureza que realmente no tienes.
Al final, lo que prevalece, es la razón. Por muy primitivo que sea el corazón y el sentimiento. Por muy primi"
Corté de repente.
Ahí venía. Tenía que verla. Aunque me puse algo nervioso, por culpa de mi corazón... La razón hizo que avanzase hacia ella con un tímido 'Hola'.
Esa es otra confesión. Para otro día. Corrí más tarde a darle la libreta a mi Maestro. Él sabe las dudas que me atormentan y siempre encuentra la pregunta adecuada.
martes, 30 de abril de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
#Confesión 5. Sobre la determinación
Ya era la hora. Cuanto más rápido intentaba llegar al final de éste asunto, más rápido me hundía en las sugerencias impuestas por la inseguridad. Pero por fin, llegó el momento.
- Estoy preparado - le dije. El Maestro me escuchaba, sin mirarme. Como siempre, con sus diminutos ojos cerrados, formando en su rostro unas arrugas que, de poder hablar, contarían historias que jamás nadie olvidaría - Cuando llegue el momento, no me cogerá desprevenido.
- Lo sé - se limitó a decir. Quizás la sensación de frío venía provocada por la húmeda hierba sobre la que me encontraba arrodillado. O quizás fuese una sensación de miedo atroz ante todo lo que el destino me deparaba.
- Al final, es como un sueño, Maestro. Por eso me gusta soñar. Siempre he creído que los sueños son historias sugeridas por el subconsciente, por un ego interior que manifiesta sus ansias de liberarse, de vivir en una realidad que no es la que tú estás percibiendo. A veces, incluso, desea vivir del miedo y de la intriga. Esas son las llamadas pesadillas - hice una pausa. Sabía que no hablaba sólo, aunque no recibiese ninguna confirmación - Pero aún así, historias que nunca has vivido, o realidades que están por vivir. Y al final de esas historias, cuando lo mejor está por pasar, te despiertas... - medité un poco acerca de esto último.
Siempre pasaba lo mismo. Cuando en tus sueños, alcanzabas por fin un estado de equilibrio o certeza, cuando se respondían las incógnitas entre sábanas, propias o ajenas, entre cuerpos desnudos y sudor, abrazados a nuestro alma, o a su cuerpo... Siempre te despertabas. A veces, lo recibes con gusto. Volver a una realidad más simple, donde tú decides lo que pasa. Otras, lo recibes con desagrado. Te gustaba no controlar la situación. No limitarte a un ente físico, carne y hueso. Sangre y músculo. Te gustaba esa realidad egocéntrica e inexistente o improbable. Al final, llegué a una conclusión.
- Estoy preparado. Porque cuando te despiertas, Maestro, tu ego te está dejando una historia con un punto al final. Eres tú el que decide convertir ese punto en tres puntos suspensivos o en un cambio de historia. Es tan benevolente con nuestros actos, que nuestro Ego interior sabe perfectamente nuestro límite real para aceptar una historia. Y cuando estás preparado, como lo estoy yo ahora... Ese Ego no te pone límites. Te deja soñar despierto en esa realidad - miré a mi Maestro. Asentía con los ojos cerrados. Como aceptando mi teoría - En esa realidad me encuentro ahora. En la realidad más superficial de mi sueño más profundo - cerré los ojos. Estaba satisfecho.
Ya no sentía miedo. Ni inseguridades. Ahora estaba completamente decidido a aceptar lo que me enviase el destino. Esa determinación, era mi mayor lujo.
- Estoy preparado - le dije. El Maestro me escuchaba, sin mirarme. Como siempre, con sus diminutos ojos cerrados, formando en su rostro unas arrugas que, de poder hablar, contarían historias que jamás nadie olvidaría - Cuando llegue el momento, no me cogerá desprevenido.
- Lo sé - se limitó a decir. Quizás la sensación de frío venía provocada por la húmeda hierba sobre la que me encontraba arrodillado. O quizás fuese una sensación de miedo atroz ante todo lo que el destino me deparaba.
- Al final, es como un sueño, Maestro. Por eso me gusta soñar. Siempre he creído que los sueños son historias sugeridas por el subconsciente, por un ego interior que manifiesta sus ansias de liberarse, de vivir en una realidad que no es la que tú estás percibiendo. A veces, incluso, desea vivir del miedo y de la intriga. Esas son las llamadas pesadillas - hice una pausa. Sabía que no hablaba sólo, aunque no recibiese ninguna confirmación - Pero aún así, historias que nunca has vivido, o realidades que están por vivir. Y al final de esas historias, cuando lo mejor está por pasar, te despiertas... - medité un poco acerca de esto último.
Siempre pasaba lo mismo. Cuando en tus sueños, alcanzabas por fin un estado de equilibrio o certeza, cuando se respondían las incógnitas entre sábanas, propias o ajenas, entre cuerpos desnudos y sudor, abrazados a nuestro alma, o a su cuerpo... Siempre te despertabas. A veces, lo recibes con gusto. Volver a una realidad más simple, donde tú decides lo que pasa. Otras, lo recibes con desagrado. Te gustaba no controlar la situación. No limitarte a un ente físico, carne y hueso. Sangre y músculo. Te gustaba esa realidad egocéntrica e inexistente o improbable. Al final, llegué a una conclusión.
- Estoy preparado. Porque cuando te despiertas, Maestro, tu ego te está dejando una historia con un punto al final. Eres tú el que decide convertir ese punto en tres puntos suspensivos o en un cambio de historia. Es tan benevolente con nuestros actos, que nuestro Ego interior sabe perfectamente nuestro límite real para aceptar una historia. Y cuando estás preparado, como lo estoy yo ahora... Ese Ego no te pone límites. Te deja soñar despierto en esa realidad - miré a mi Maestro. Asentía con los ojos cerrados. Como aceptando mi teoría - En esa realidad me encuentro ahora. En la realidad más superficial de mi sueño más profundo - cerré los ojos. Estaba satisfecho.
Ya no sentía miedo. Ni inseguridades. Ahora estaba completamente decidido a aceptar lo que me enviase el destino. Esa determinación, era mi mayor lujo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)