martes, 30 de abril de 2013

#Confesión 6. Sobre la hegemonía de la razón

Hoy me levanté y me fui temprano, dejando al Maestro en casa meditando (o durmiendo) mientras yo me retiraba a la alameda a respirar y pensar. Imagínense la situación. Una arboleda. El sol, en su cruel naturaleza, atravesando las hojas con su luz, como si no quisiera perderse ni un sólo pedazo de eternidad que la sombra pudiese ocultar. Allí estaba yo. En mitad de todo aquel silencioso entorno, con mi pequeña y maltrecha libreta y un lápiz sin apenas punta escribiendo acerca de locuras y tonterías.

"Cuando el corazón tiene que tomar decisiones difíciles, se nubla la razón. Entra en un estado aletargado que le impide reaccionar a las situaciones lógicas y coherentes con la respuesta adecuada. Como si de repente, todo fuese mil veces más complicado. No contento con ésto, genera una sensación de inseguridad que te hace cuestionar tus propios principios. Te comienzas a hacer preguntas trascendentes que inmediatamente descartas por encajar en un modelo de sociedad que repudia la autocrítica y el respeto. Y mucho peor. Repudia el amor propio."

Me detuve. Este párrafo me había salido especialmente del alma. Estaba en blanco, aunque era posible que no hubiese que añadir nada más. Pero de repente, vi sus ojos. Grandes, sugerentes. Incitándome al desnudo más animal, a la más instintiva de las pasiones y al desgarro del espacio que nos separaba. A arrancarle suspiros, llenar su piel de diamantes de sudor y rojizas zonas mordidas en torno a su terso cuello. Mis manos se iban sin que yo pudiera controlarlas y mis piernas obedecían un siniestro compás que no era perceptible a oídos de quién nunca ha sentido esa primitiva necesidad de amar.

Volví a abrir los ojos y no estaba.

"Sin embargo, en los momentos en los que te cuestionas tu propia integridad, existencia y sentimientos es cuando la razón, lúcida y feroz, hace acto de presencia. Y te susurra: 'Eh. Que tú, por encima de todo, eres humano'. 

No encuentro las palabras posibles para describirlo. La sensación es parecida al miedo. Empieza con un leve cosquilleo en las manos y un escalofrío que te recorre a velocidad de vértigo la columna, erizando los pelos de tu nuca. Cuando llega a la cabeza, se enfría de repente y tus pupilas se hacen más grandes. A veces el mismo cosquilleo te hace estirar el cuello y el pecho. Recorre tus pectorales y pezones, bajando al estómago, donde definitivamente se asienta. Y lo sientes frío, revuelto. Como un ente que no debería estar allí. Y tu cuerpo intenta expulsarlo, pero no es capaz.

Si entiendes cuál es esa sensación, entenderás que todo lo provoca el corazón. Esa máquina de despechos e inseguridades. 

La razón es la sensación contraria. La que relaja. La que hace que tus párpados dejen de contraerse y se relajen. La que deja que tus labios dibujen una pequeña sonrisa y tus manos se muevan con lentitud hacia tu pelo, caderas o bolsillos (si eres tradicional). La razón es la que te permite andar con normalidad y dibujarte una máscara de seguridad y dureza que realmente no tienes.

Al final, lo que prevalece, es la razón. Por muy primitivo que sea el corazón y el sentimiento. Por muy primi"

Corté de repente.

Ahí venía. Tenía que verla. Aunque me puse algo nervioso, por culpa de mi corazón... La razón hizo que avanzase hacia ella con un tímido 'Hola'.


Esa es otra confesión. Para otro día. Corrí más tarde a darle la libreta a mi Maestro. Él sabe las dudas que me atormentan y siempre encuentra la pregunta adecuada.

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