martes, 31 de marzo de 2020

#Confesion 17. Sobre nudos.

Marzo, casi abril, y había una capa de nieve fuera que me impedía moverme de la casa del Maestro. Eran tiempo raros, como aquel año en el que todo pasó: Ella desaparecía al mismo tiempo que una enfermedad a nivel global nos mantenía en casa encerrados. Era doblemente angustioso ese momento: la angustia del amor sin corresponder (o al menos sin percibir) y la angustia del encierro.

- Pero esta vez no es como aquella, Maestro. Aquel año... fue un año difícil. Siempre me decías lo mismo: «Todo pasa, todo pasa. No te acostumbres a las alturas ni te hundas demasiado en el barro. Porque todo acaba terminando». Era difícil imaginarme todos los días sin compartirlos con ella, mientras estaba solo en ese apartamento pequeño, viejo y húmedo que me había tenido que buscar después de aquella situación. Yo la amaba cada día desde que me despertaba hasta que me volvía a dormir. Cuando pensé que las mañanas iban a ser nuevas, iban a ser renovadas, volvía su recuerdo a mi mente. Mi cabeza jamás jugó a mi favor, todo lo contrario: estaba en guerra perpetua contra mi superación. Da igual las veces que meditase, entrenase o leyese. Siempre que aparecía algo que recordase a primavera, a besos y a Granada (sí, así se llamaba la ciudad donde ambos soñamos con vivir) mi cerebro la traía de vuelta, vívida, casi podía tocarla. Pero no era ella. No estaba allí. Cada vez que mis dedos se extendían y recorrían el contorno de su sonrisa, mis lágrimas brotaban. Esos días eran los menos, Maestro. Pero los había muy complicados en esa época. 

Mi mayor preocupación es, ahora mismo, que ese techo seguía sin arreglar y la nieve empezaba a acumularse. Notaba el frío alrededor, metiéndose en mis huesos. Definitivamente debería solucionar ese maldito techo.

- La quería como se quieren el sol de verano y la fina arena del mar. Su recuerdo me daba calor, y frío, y calor. Desde aquella nueva mañana en la que empecé a sonreír de nuevo, pensando en mi felicidad, permanecer en el nudo de nuestra historia se hacía más y más pesado. A veces porque tenía que ser consciente de cómo gestionar mi felicidad. Y otras porque también la quería gestionar a su lado. «Todo pasa. Todo pasa» me repetía. Una y otra vez. Durante aquella infinidad de segundos en los que estuvimos en el nudo de nuestra relación, era lo único que me repetía para mantener la cordura.

Todo pasa.

lunes, 23 de marzo de 2020

#Confesion 16. Sobre la primera nueva mañana

- Ya sabe, Maestro, que nunca fui mucho de poemas o de libros de literatura. Lo mío era la fantasía, la política, la filosofía. Todo lo que pudiera suscitar un pensamiento crítico o cambiar mi forma de moldear la realidad. Pero conociéndola, empecé a valorar cosas que jamás soñé que haría: un buen poema, las palabras que se esconden tras versos y prosas en algunos poetas. La mirada teñida de cariño y nostalgia que algunos artistas plasman en sus letras, a veces un dolor desgarrador, a veces un amor tan profundo que te ahogan, que te asfixian. Descubrí por error unos días después de aquello un poema que hablaba del amor. Un poema de un artista sudamericano llamado Pablo Neruda:

«Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
y más.»

Leí aquel poema en la sala donde antes dormía el Maestro, ahora reformada (un poco, los techos seguían siendo un quebradero de cabeza). Lo leí en alto y sentí cada palabra como la primera vez que sonaron en mi cabeza, una noche de las que no recuerdas bien, una noche cualquiera en tu vida, y en la que ella ni siquiera estaba en mi cabeza. Pero la vida te pone muchas veces delante de las narices una prueba y te reta, para ver tu reacción en ese extraño juego. Esa noche era normal, me estaba durmiendo y, sin querer, leí esas letras de Neruda.

- Todo volvió a emanar de mí, Maestro. Esa noche volvió el dolor después de muchas noches en silencio. Volvió desgarrándome y volvió con una fuerza tan asombrosa que las lágrimas brotaron esa noche como lo hicieron el primer día. Morir, y todavía amarte más. No podía parar de repetir ese fragmento. Y todavía amarte más. Y más. Maestro, fue la noche más difícil que viví hasta ese momento. Pero lo mejor vino a la mañana siguiente. Fue la primera mañana que me desperté sin dolor en el pecho, sin angustia en el corazón y sin lágrimas. Fue la primera nueva mañana de mi vida donde el sentimiento y la razón empezaban a converger hacia un punto de superación. La amaba, la quería, haría lo que fuera en ese momento por volver con ella. Por supuesto. Pero esa mañana, era diferente. Ya no me daba miedo el día, ni la tarde sin ella. Ese día descubrí que también podía ser feliz yo, y que eso era indispensable. Esa mañana fue mi primera nueva mañana.


Me tumbé en la cama y sonreí, mirando las paredes de papel reparadas malamente con cuero y grandes hojas. Vi el suelo lijado y barnizado con aceite, brillante y a la vez escondiendo cientos de historias entre sus grietas. El sitio comenzaba a serme familiar, pero aún tenía muchas cosas que solucionar. Como, por ejemplo, ese maldito techo.

jueves, 19 de marzo de 2020

#Confesion 15. Sobre la autopercepción durante la sanación.

Claramente no era mi mejor estado físico. Estaba exhausto, sudando y respirando con una amplia dificultad tumbado en el tatami, que extrañamente estaba bien conservado comparado con el resto del dojo. Había hecho un poco de ejercicio, alguna rutina para activar la musculatura y el hojo undo que siempre ejecutábamos antes de empezar a entrenar. Eso había sido suficiente para llevarme al tatami a descansar. Era un desastre.

- Maestro...  - con voz entrecortada, empecé de nuevo a hablarle al techo, como llevaba haciendo tantos días ya - si me vieras ahora mismo, te reirías de mí. Estoy convencido. ¿Se acuerda de aquella época en la que tuvimos que estar recluidos en nuestras casas, por esa pandemia? Yo en ese momento no me encontraba en el país, ni siquiera tenía la cabeza puesta en los entrenamientos, pero al tener que estar encerrado día a día en casa empecé de nuevo a recordar sus clases. El primer día acabé como hoy - una risa corta, seca, apenas audible salió de mi pecho - y sentí lo mismo que ahora.

Fue una época dura. Un virus se extendió por todo el planeta y obligó a miles de millones de personas a estar recluidas en sus domicilios, dejar sus trabajos, abandonar la escuela e incluso realizar labores sociales para los grupos más afectados. Durante ese tiempo estuve practicando artes marciales, escribiendo, leyendo. Coincidió con todo el proceso de superación de la ruptura más dolorosa que jamás viví, así que estar recluido en casa no era del todo una mala opción.

- Lo primero que aprendí fue que la felicidad que era capaz de asegurarme por mí mismo era escasa, o nula. Era incapaz de ser feliz por mis propios medios: leer no me llenaba, escribir, meditar, practicar artes marciales era algo vacío. Lo primero que tuve que asimilar durante el período de encierro fue que yo era, antes de nada, una persona individual viviendo en un mundo colectivo. Era en gran parte culpa mía haber delegado mi felicidad a otra persona, porque eso provoca precisamente lo que estaba pasando ahora mismo: la felicidad no puede ser exclusivamente razón y causa de una relación, porque las relaciones en el mundo son efímeras. Empecé a hacerlo lentamente. Lo primero consistió en distraerme, hacer cosas, Maestro. Cuanto más cosas hiciera, mejor. Luego empecé a preocuparme por la parte más nutritiva para mi mente y mi cuerpo: empecé a entrenar, a leer, a discutir y compartir opiniones sobre la situación con vecinos y amigos. Empecé a recordar que la vida también era eso: saber sobreponerse a las situaciones y las adversidades. Que el mundo seguía siendo un cruel bastardo, una jungla de cemento que bajo las normas impositivas de los que podían hacían la vida imposible a los que solo tenían la posibilidad de obedecer. Jamás imaginé que esa epidemia supondría el cambio que hoy estamos viviendo. 

Me quedé en silencio y me levanté. Estar en casa, en la famosa cuarentena, solo sirvió para que las heridas curasen lento, pero de forma efectiva. Tuve que aprender a ser feliz y a superarlo con los pocos medios que tenía delante de mí. Pero claro, era un proceso lento, de recaídas y de altibajos.
Pero al menos, tenía una forma de superarlo. Y era exclusivamente mía.

miércoles, 18 de marzo de 2020

#Confesion 14. Sobre las preguntas sin responder.

Después de adecuar el jardín, cortar las ramas huérfanas del pequeño árbol que el Maestro siempre solía tener impoluto y arrancar matojos y malas hierbas que habían ido creciendo con el paso de los años, no había mucho más que hacer ahí. Estaba aún lejos de su mayor esplendor, por supuesto. 

- Otra cosa que me empezó a ocurrir al tiempo de estar solo fue que las preguntas sin responder empezaron a bombardearme la cabeza. "¿Por qué?" "¿Cómo ha pasado?" "¿No tiene solución?" "¿Por qué no me di cuenta antes?". Todas y cada una implicaban una ardua tarea de concentración, para al final tener que abandonarla a su suerte en el mar de pensamientos que había en mi cabeza, volviendo al cabo del tiempo a la deriva, y volviendo a empezar el proceso. Busqué respuestas, Maestro. Las busqué en los consejos, en los recuerdos. Las busqué en los buenos y los malos momentos. Las busqué en mis actitudes, en mis pensamientos, en mis emociones y en mis palabras. Las busqué tanto, tanto, tanto que cuando volvía a pasar por ese ciclo de nuevo era un paisaje conocido. Saqué en claro, eso sí, cómo me sentí en cada momento con ella todo el tiempo que duró. No ayudaba en absoluto. Porque fue bastante perfecto, como el sueño del que en ese momento estaba despertándome. 

Me senté en el césped y hundí mis manos en él. Notaba el aire cargado de aromas de multitud de flores, aroma de césped recién cortado. Aroma de tierra caliente por el sol. Todo, absolutamente todo, me recordaba a aquel viaje a la ciudad medieval y su Maravilla. Aquellos paseos en los jardines y aquellos besos escondidos entre sus ruinas. Todo me traía ese recuerdo. Todo.

- Maestro yo no sabía muy bien cómo salir adelante. Pensé en volver aquí y en preguntarle de nuevo a usted, pensé en caminar sin parar durante días y días, hasta que mis pies o mi cuerpo pidiera silencio, descanso y derrota. Pero mi cuerpo se negaba a andar. Mis manos se negaban a funcionar y mi corazón latía por inercia, pero sin vida en su ritmo. Así que comencé a pensar qué parte del camino era la que yo podía recorrer para acercarme a la felicidad, como ya habíamos hablado nosotros anteriormente, Maestro. Y empecé a hacerlo. Empecé a recorrer el camino, por mi cuenta. Pero era tan lento, tan trabajoso, tan doloroso a veces, que dudaba con cada paso que daba...


Sin darme cuenta, cerré los ojos. Noté el aire, el aroma. Noté, esta vez, el sol calentando mi cara y secando mis lágrimas, que se escurrían tímidas por mis mejillas.

martes, 17 de marzo de 2020

#Confesion 13. Sobre la inseguridad.

Por supuesto que necesitaba más trabajo, pero situar las maderas en su sitio, lijarlas y añadirles un poco de aceite para nutrirlas hacía que esa habitación donde solíamos tomar el té ahora pareciera un sitio un poco más reconfortante. Estaba hecha un desastre: las puertas de papel estaban rotas, probablemente atravesadas por esquirlas de piedras del jardín que se colaron entre los portones principales. O probablemente estaban así por la falta de limpieza y cuidados. El suelo estaba casi intacto, salvo por la madera hinchada de absorber el agua que se colaba por las goteras. Decidí que el salón de tomar el té sería el primer sitio que arreglaría, que dejaría listo. Me traía muy buenos recuerdos.

- Maestro. Lo peor vino después - mis manos sujetaban con firmeza el tablón que terminaría de definir el mueble, donde antaño se situaban los diferentes tés y vasos - cuando mi cabeza, fruto de todas las cosas buenas que viví, comenzó también a traerme lo peor del ser humano: las inseguridades. Empezaron como un leve susurro, imágenes fugaces de ella en brazos de otra persona, en manos de otro hombre. Luego, al ver que dolía, pero que era aguantable, la inseguridad empezó a probar mis límites. La veía, Maestro. La veía amando a otro. Besando a otro. La veía sonriendo a otro, y Maestro, esto fue lo que más me dolió. Ver su sonrisa de amor cómplice, su sonrisa de «te amo, te amo, te amo» en sus labios y no era para mí. Ya no lo era. 

No sabía exactamente qué hacer a continuación, aunque la sala estaba lista para poder tomarse el té. Las paredes de papel, sí. Tenía que evitar que el frío y el aire se colara. Más tarde, arreglaría el techo, ya que estaba comenzando el período estival y no había lluvias previstas. El aroma del jardín y de la tierra eran de primavera, y los pájaros cantaban como si el día fuera la más amplia forma de expresión de su libertad. No iba a llover, definitivamente.

- Comencé a pensar que en caso de que fuera así, ¿qué pasaba? Si ella estaba en brazos de otro, ¿qué pasaba? No podría culpar a nadie por amar, porque es de amor de lo que podemos vivir y sobrevivir. Amor a uno mismo, amor a una idea, amor a la vida o a otra persona. Pero amor. No podía culpar a esa persona que me había regalado no solo felicidad, no solo alegría, si no también cientos de aprendizajes que me servirían para continuar creciendo en mis relaciones posteriores, en mi vida. Fue un curso avanzado del buen amor. ¿Cómo podía culpar a nadie de continuar amando? Pero no podía soportar esa imagen. Tenía que hacer algo, Maestro, o esas imágenes me iban a desquiciar absolutamente. Aunque mi razón me dijera que no pasaba nada, mi corazón se agrietaba con cada imagen o cada beso que veía y no era yo el que lo recibía. La mente es un arma de doble filo. Capaz de lo mejor y de lo peor, Maestro. 

Arregladas las puertas con unas hojas secas y un poco de cuero (no era lo más estético, por supuesto, pero yo estaba buscando funcionalidad) decidí que era tiempo de descansar. Hoy arreglaré este cuarto, y me sentaré en el suelo como solíamos hacer. Y mañana, veremos.

lunes, 16 de marzo de 2020

#Confesion 12. Sobre lo inesperado.

- ¿Maestro? - pregunté, con voz temblorosa - ¿Maestro? ¿Está por aquí? Sé que ha sido un larguísimo viaje desde que marché, y que no hemos vuelto a hablar en todo este tiempo. Me gustaría contarte todas las cosas por las que he pasado desde la última vez que entrenamos, hace tantos años, pero creo que va a ser imposible resumirlas. - sonaba el viento entre las maderas rotas y abiertas del antiguo dojo, donde el Maestro solía entrenar conmigo, día tras día, hora tras hora, enseñándome más con su silencio que con sus palabras.

- Verá, Maestro. He vuelto aquí a traerte respuestas a cientos de preguntas que nunca te he hecho. Pero las tengo. Y todas ellas me han servido para crecer, para hacerme fuerte. No te dejes influenciar por la apariencia, sé que parezco un desastre absoluto, pero te garantizo que jamás he sido tan completo como lo soy ahora. He encontrado en mi camino, la paz, la tranquilidad, el origen y la cuna de todo. He visto templos increíbles en mitad de montañas, he viajado a ciudades tan grandes que necesitaría dos vidas para conocer completamente. También he visitado la cuna del conocimiento y la tecnología, y he conocido el amor, varias veces...

Me quedé en silencio durante un segundo, consciente de la situación. Me ruboricé y sonreí con cansancio, con una derrota en la mirada.

- ... bueno, no. Varias veces no, Maestro. Conocí a una mujer con la que todo fue perfecto. La conocí y viajamos, nos miramos, reímos, compartimos, conectamos. Durante mucho tiempo fuimos esencialmente una única persona atada entre nosotros por lazos irrompibles: arreglábamos el mundo cada tarde y lo destrozábamos cada noche entre las sábanas. Despertar a su lado se convirtió en la mejor rutina de toda mi vida, y verla sonreír era exactamente lo que mantenía con fuerza mis dedos, mis pies y mi cabeza. Maestro, era un amor perfecto. De los que se describen en cientos de sitios. Y de repente, inesperadamente, sin que ninguno pudiera controlarlo... Terminó. Nos sentíamos atados, y nos dimos cuenta de que la felicidad que teníamos era absoluta, pero dependiente. La mía solo dependía de ella, y la suya solo dependía de mi. Habíamos olvidado el espacio y el tiempo personal. Es exactamente lo mismo que pasa cuando empiezas a obsesionarte con una técnica durante un combate. La podrás repetir mil veces y te serás un experto, pero al haber practicado solo una técnica, el resto del combate está descompensado: pierdes velocidad, pierdes fuerza y sobre todo, pierdes capacidad de improvisación.

Guardé durante unos segundos esperando alguna señal de respuesta, de asentimiento, alguna señal que me indicara que podía continuar o que podía expresarme con más rapidez. Pero no recibí nada.

- Maestro. La situación se fue tan rápido como vino y me dejó en un mundo vacío donde la única tabla que tenía para no ahogarme se alejaba de mí. Mire alrededor y no encontré mucho a lo que sujetarme, y me ahogaba. Le aseguro que me ahogaba. Se fue ella, con su sonrisa eterna, con sus caricias al alma, y me dejó un mundo de terroríficas incertidumbres del cuál ambos nos habíamos aislado. Sin embargo, resultó ser lo que necesitábamos. Al menos durante un tiempo. Empecé a ver la luz cada día como una oportunidad más de reconocer lo que puedo hacer por mí mismo. Y empecé a trabajar sobre ello. Empecé a recuperar el objetivo que nunca debí perder: ser feliz conmigo, y compartir esa felicidad con alguien. La alternativa que durante tanto tiempo tuvimos fue ser felices juntos, y compartirla. 

Miré aquel dojo con una nostalgia eterna. El Maestro siempre tenía una respuesta para todo, pero ahora aquel sitio parecía un eco del pasado. Un montón de maderas podridas por las filtraciones sobre vigas que extrañamente se mantenían en su sitio. Llevaba abandonado años, y el Maestro ya no estaba allí. Al menos no su cuerpo, no su voz. No sus certeros golpes ni sus precisas palabras y preguntas. Ahora éramos ese espacio derruido, ese jardín sin cuidar, y yo.

Solté la mochila donde normalmente estaba mi cuarto, ahora ocupado por plantas salvajes y por maderas demasiado endebles como para llamarse pared. Iba a ser un trabajo duro y largo, pero reconstruiría todo aquello. Y volvería a brillar con luz propia otra vez.