- Otra cosa que me empezó a ocurrir al tiempo de estar solo fue que las preguntas sin responder empezaron a bombardearme la cabeza. "¿Por qué?" "¿Cómo ha pasado?" "¿No tiene solución?" "¿Por qué no me di cuenta antes?". Todas y cada una implicaban una ardua tarea de concentración, para al final tener que abandonarla a su suerte en el mar de pensamientos que había en mi cabeza, volviendo al cabo del tiempo a la deriva, y volviendo a empezar el proceso. Busqué respuestas, Maestro. Las busqué en los consejos, en los recuerdos. Las busqué en los buenos y los malos momentos. Las busqué en mis actitudes, en mis pensamientos, en mis emociones y en mis palabras. Las busqué tanto, tanto, tanto que cuando volvía a pasar por ese ciclo de nuevo era un paisaje conocido. Saqué en claro, eso sí, cómo me sentí en cada momento con ella todo el tiempo que duró. No ayudaba en absoluto. Porque fue bastante perfecto, como el sueño del que en ese momento estaba despertándome.
Me senté en el césped y hundí mis manos en él. Notaba el aire cargado de aromas de multitud de flores, aroma de césped recién cortado. Aroma de tierra caliente por el sol. Todo, absolutamente todo, me recordaba a aquel viaje a la ciudad medieval y su Maravilla. Aquellos paseos en los jardines y aquellos besos escondidos entre sus ruinas. Todo me traía ese recuerdo. Todo.
- Maestro yo no sabía muy bien cómo salir adelante. Pensé en volver aquí y en preguntarle de nuevo a usted, pensé en caminar sin parar durante días y días, hasta que mis pies o mi cuerpo pidiera silencio, descanso y derrota. Pero mi cuerpo se negaba a andar. Mis manos se negaban a funcionar y mi corazón latía por inercia, pero sin vida en su ritmo. Así que comencé a pensar qué parte del camino era la que yo podía recorrer para acercarme a la felicidad, como ya habíamos hablado nosotros anteriormente, Maestro. Y empecé a hacerlo. Empecé a recorrer el camino, por mi cuenta. Pero era tan lento, tan trabajoso, tan doloroso a veces, que dudaba con cada paso que daba...
Sin darme cuenta, cerré los ojos. Noté el aire, el aroma. Noté, esta vez, el sol calentando mi cara y secando mis lágrimas, que se escurrían tímidas por mis mejillas.
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