- ¿Maestro? - pregunté, con voz temblorosa - ¿Maestro? ¿Está por aquí? Sé que ha sido un larguísimo viaje desde que marché, y que no hemos vuelto a hablar en todo este tiempo. Me gustaría contarte todas las cosas por las que he pasado desde la última vez que entrenamos, hace tantos años, pero creo que va a ser imposible resumirlas. - sonaba el viento entre las maderas rotas y abiertas del antiguo dojo, donde el Maestro solía entrenar conmigo, día tras día, hora tras hora, enseñándome más con su silencio que con sus palabras.
- Verá, Maestro. He vuelto aquí a traerte respuestas a cientos de preguntas que nunca te he hecho. Pero las tengo. Y todas ellas me han servido para crecer, para hacerme fuerte. No te dejes influenciar por la apariencia, sé que parezco un desastre absoluto, pero te garantizo que jamás he sido tan completo como lo soy ahora. He encontrado en mi camino, la paz, la tranquilidad, el origen y la cuna de todo. He visto templos increíbles en mitad de montañas, he viajado a ciudades tan grandes que necesitaría dos vidas para conocer completamente. También he visitado la cuna del conocimiento y la tecnología, y he conocido el amor, varias veces...
Me quedé en silencio durante un segundo, consciente de la situación. Me ruboricé y sonreí con cansancio, con una derrota en la mirada.
- ... bueno, no. Varias veces no, Maestro. Conocí a una mujer con la que todo fue perfecto. La conocí y viajamos, nos miramos, reímos, compartimos, conectamos. Durante mucho tiempo fuimos esencialmente una única persona atada entre nosotros por lazos irrompibles: arreglábamos el mundo cada tarde y lo destrozábamos cada noche entre las sábanas. Despertar a su lado se convirtió en la mejor rutina de toda mi vida, y verla sonreír era exactamente lo que mantenía con fuerza mis dedos, mis pies y mi cabeza. Maestro, era un amor perfecto. De los que se describen en cientos de sitios. Y de repente, inesperadamente, sin que ninguno pudiera controlarlo... Terminó. Nos sentíamos atados, y nos dimos cuenta de que la felicidad que teníamos era absoluta, pero dependiente. La mía solo dependía de ella, y la suya solo dependía de mi. Habíamos olvidado el espacio y el tiempo personal. Es exactamente lo mismo que pasa cuando empiezas a obsesionarte con una técnica durante un combate. La podrás repetir mil veces y te serás un experto, pero al haber practicado solo una técnica, el resto del combate está descompensado: pierdes velocidad, pierdes fuerza y sobre todo, pierdes capacidad de improvisación.
Guardé durante unos segundos esperando alguna señal de respuesta, de asentimiento, alguna señal que me indicara que podía continuar o que podía expresarme con más rapidez. Pero no recibí nada.
- Maestro. La situación se fue tan rápido como vino y me dejó en un mundo vacío donde la única tabla que tenía para no ahogarme se alejaba de mí. Mire alrededor y no encontré mucho a lo que sujetarme, y me ahogaba. Le aseguro que me ahogaba. Se fue ella, con su sonrisa eterna, con sus caricias al alma, y me dejó un mundo de terroríficas incertidumbres del cuál ambos nos habíamos aislado. Sin embargo, resultó ser lo que necesitábamos. Al menos durante un tiempo. Empecé a ver la luz cada día como una oportunidad más de reconocer lo que puedo hacer por mí mismo. Y empecé a trabajar sobre ello. Empecé a recuperar el objetivo que nunca debí perder: ser feliz conmigo, y compartir esa felicidad con alguien. La alternativa que durante tanto tiempo tuvimos fue ser felices juntos, y compartirla.
Miré aquel dojo con una nostalgia eterna. El Maestro siempre tenía una respuesta para todo, pero ahora aquel sitio parecía un eco del pasado. Un montón de maderas podridas por las filtraciones sobre vigas que extrañamente se mantenían en su sitio. Llevaba abandonado años, y el Maestro ya no estaba allí. Al menos no su cuerpo, no su voz. No sus certeros golpes ni sus precisas palabras y preguntas. Ahora éramos ese espacio derruido, ese jardín sin cuidar, y yo.
Solté la mochila donde normalmente estaba mi cuarto, ahora ocupado por plantas salvajes y por maderas demasiado endebles como para llamarse pared. Iba a ser un trabajo duro y largo, pero reconstruiría todo aquello. Y volvería a brillar con luz propia otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario