Marzo, casi abril, y había una capa de nieve fuera que me impedía moverme de la casa del Maestro. Eran tiempo raros, como aquel año en el que todo pasó: Ella desaparecía al mismo tiempo que una enfermedad a nivel global nos mantenía en casa encerrados. Era doblemente angustioso ese momento: la angustia del amor sin corresponder (o al menos sin percibir) y la angustia del encierro.
- Pero esta vez no es como aquella, Maestro. Aquel año... fue un año difícil. Siempre me decías lo mismo: «Todo pasa, todo pasa. No te acostumbres a las alturas ni te hundas demasiado en el barro. Porque todo acaba terminando». Era difícil imaginarme todos los días sin compartirlos con ella, mientras estaba solo en ese apartamento pequeño, viejo y húmedo que me había tenido que buscar después de aquella situación. Yo la amaba cada día desde que me despertaba hasta que me volvía a dormir. Cuando pensé que las mañanas iban a ser nuevas, iban a ser renovadas, volvía su recuerdo a mi mente. Mi cabeza jamás jugó a mi favor, todo lo contrario: estaba en guerra perpetua contra mi superación. Da igual las veces que meditase, entrenase o leyese. Siempre que aparecía algo que recordase a primavera, a besos y a Granada (sí, así se llamaba la ciudad donde ambos soñamos con vivir) mi cerebro la traía de vuelta, vívida, casi podía tocarla. Pero no era ella. No estaba allí. Cada vez que mis dedos se extendían y recorrían el contorno de su sonrisa, mis lágrimas brotaban. Esos días eran los menos, Maestro. Pero los había muy complicados en esa época.
Mi mayor preocupación es, ahora mismo, que ese techo seguía sin arreglar y la nieve empezaba a acumularse. Notaba el frío alrededor, metiéndose en mis huesos. Definitivamente debería solucionar ese maldito techo.
- La quería como se quieren el sol de verano y la fina arena del mar. Su recuerdo me daba calor, y frío, y calor. Desde aquella nueva mañana en la que empecé a sonreír de nuevo, pensando en mi felicidad, permanecer en el nudo de nuestra historia se hacía más y más pesado. A veces porque tenía que ser consciente de cómo gestionar mi felicidad. Y otras porque también la quería gestionar a su lado. «Todo pasa. Todo pasa» me repetía. Una y otra vez. Durante aquella infinidad de segundos en los que estuvimos en el nudo de nuestra relación, era lo único que me repetía para mantener la cordura.
Todo pasa.
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