Por supuesto que necesitaba más trabajo, pero situar las maderas en su sitio, lijarlas y añadirles un poco de aceite para nutrirlas hacía que esa habitación donde solíamos tomar el té ahora pareciera un sitio un poco más reconfortante. Estaba hecha un desastre: las puertas de papel estaban rotas, probablemente atravesadas por esquirlas de piedras del jardín que se colaron entre los portones principales. O probablemente estaban así por la falta de limpieza y cuidados. El suelo estaba casi intacto, salvo por la madera hinchada de absorber el agua que se colaba por las goteras. Decidí que el salón de tomar el té sería el primer sitio que arreglaría, que dejaría listo. Me traía muy buenos recuerdos.
- Maestro. Lo peor vino después - mis manos sujetaban con firmeza el tablón que terminaría de definir el mueble, donde antaño se situaban los diferentes tés y vasos - cuando mi cabeza, fruto de todas las cosas buenas que viví, comenzó también a traerme lo peor del ser humano: las inseguridades. Empezaron como un leve susurro, imágenes fugaces de ella en brazos de otra persona, en manos de otro hombre. Luego, al ver que dolía, pero que era aguantable, la inseguridad empezó a probar mis límites. La veía, Maestro. La veía amando a otro. Besando a otro. La veía sonriendo a otro, y Maestro, esto fue lo que más me dolió. Ver su sonrisa de amor cómplice, su sonrisa de «te amo, te amo, te amo» en sus labios y no era para mí. Ya no lo era.
No sabía exactamente qué hacer a continuación, aunque la sala estaba lista para poder tomarse el té. Las paredes de papel, sí. Tenía que evitar que el frío y el aire se colara. Más tarde, arreglaría el techo, ya que estaba comenzando el período estival y no había lluvias previstas. El aroma del jardín y de la tierra eran de primavera, y los pájaros cantaban como si el día fuera la más amplia forma de expresión de su libertad. No iba a llover, definitivamente.
- Comencé a pensar que en caso de que fuera así, ¿qué pasaba? Si ella estaba en brazos de otro, ¿qué pasaba? No podría culpar a nadie por amar, porque es de amor de lo que podemos vivir y sobrevivir. Amor a uno mismo, amor a una idea, amor a la vida o a otra persona. Pero amor. No podía culpar a esa persona que me había regalado no solo felicidad, no solo alegría, si no también cientos de aprendizajes que me servirían para continuar creciendo en mis relaciones posteriores, en mi vida. Fue un curso avanzado del buen amor. ¿Cómo podía culpar a nadie de continuar amando? Pero no podía soportar esa imagen. Tenía que hacer algo, Maestro, o esas imágenes me iban a desquiciar absolutamente. Aunque mi razón me dijera que no pasaba nada, mi corazón se agrietaba con cada imagen o cada beso que veía y no era yo el que lo recibía. La mente es un arma de doble filo. Capaz de lo mejor y de lo peor, Maestro.
Arregladas las puertas con unas hojas secas y un poco de cuero (no era lo más estético, por supuesto, pero yo estaba buscando funcionalidad) decidí que era tiempo de descansar. Hoy arreglaré este cuarto, y me sentaré en el suelo como solíamos hacer. Y mañana, veremos.
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