Claramente no era mi mejor estado físico. Estaba exhausto, sudando y respirando con una amplia dificultad tumbado en el tatami, que extrañamente estaba bien conservado comparado con el resto del dojo. Había hecho un poco de ejercicio, alguna rutina para activar la musculatura y el hojo undo que siempre ejecutábamos antes de empezar a entrenar. Eso había sido suficiente para llevarme al tatami a descansar. Era un desastre.
- Maestro... - con voz entrecortada, empecé de nuevo a hablarle al techo, como llevaba haciendo tantos días ya - si me vieras ahora mismo, te reirías de mí. Estoy convencido. ¿Se acuerda de aquella época en la que tuvimos que estar recluidos en nuestras casas, por esa pandemia? Yo en ese momento no me encontraba en el país, ni siquiera tenía la cabeza puesta en los entrenamientos, pero al tener que estar encerrado día a día en casa empecé de nuevo a recordar sus clases. El primer día acabé como hoy - una risa corta, seca, apenas audible salió de mi pecho - y sentí lo mismo que ahora.
Fue una época dura. Un virus se extendió por todo el planeta y obligó a miles de millones de personas a estar recluidas en sus domicilios, dejar sus trabajos, abandonar la escuela e incluso realizar labores sociales para los grupos más afectados. Durante ese tiempo estuve practicando artes marciales, escribiendo, leyendo. Coincidió con todo el proceso de superación de la ruptura más dolorosa que jamás viví, así que estar recluido en casa no era del todo una mala opción.
- Lo primero que aprendí fue que la felicidad que era capaz de asegurarme por mí mismo era escasa, o nula. Era incapaz de ser feliz por mis propios medios: leer no me llenaba, escribir, meditar, practicar artes marciales era algo vacío. Lo primero que tuve que asimilar durante el período de encierro fue que yo era, antes de nada, una persona individual viviendo en un mundo colectivo. Era en gran parte culpa mía haber delegado mi felicidad a otra persona, porque eso provoca precisamente lo que estaba pasando ahora mismo: la felicidad no puede ser exclusivamente razón y causa de una relación, porque las relaciones en el mundo son efímeras. Empecé a hacerlo lentamente. Lo primero consistió en distraerme, hacer cosas, Maestro. Cuanto más cosas hiciera, mejor. Luego empecé a preocuparme por la parte más nutritiva para mi mente y mi cuerpo: empecé a entrenar, a leer, a discutir y compartir opiniones sobre la situación con vecinos y amigos. Empecé a recordar que la vida también era eso: saber sobreponerse a las situaciones y las adversidades. Que el mundo seguía siendo un cruel bastardo, una jungla de cemento que bajo las normas impositivas de los que podían hacían la vida imposible a los que solo tenían la posibilidad de obedecer. Jamás imaginé que esa epidemia supondría el cambio que hoy estamos viviendo.
Me quedé en silencio y me levanté. Estar en casa, en la famosa cuarentena, solo sirvió para que las heridas curasen lento, pero de forma efectiva. Tuve que aprender a ser feliz y a superarlo con los pocos medios que tenía delante de mí. Pero claro, era un proceso lento, de recaídas y de altibajos.
Pero al menos, tenía una forma de superarlo. Y era exclusivamente mía.
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