Hoy no necesitaba a nadie para resolver mis problemas personales. Esos que se desarrollan en mi mente para atar, con grandes nudos y tensas cuerdas, momentos a mi vida. Y en el fondo tenía que agradecer tener un medio de escape. Un sifón donde expulsar tanta rabia, dolor, ilusión, amor y esperanza. Todo en un caótico desorden.
No estaba el Maestro. Ni tampoco me encontraba en mi isla japonesa. Tampoco tomando el té ni practicando Artes Marciales. De hecho, no estaba. Es la mejor forma de definir lo que viene a continuación.
Cuando te enamoras (qué raro, parece que siempre empiezo hablando de este tema) sientes determinadas emociones en tu interior que te hacen ver cosas que pueden o no existir. Notas el aire de la noche veraniega mucho más cálido o frío en función de con quién estés. Notas el brillo de la luna mucho más intenso que cuando estás solo y, sobre todo, la gente que te rodea parece más feliz o menos de una forma extrañamente subjetiva.
Lo he experimentado. He experimentado sensaciones que difícilmente puedo explicar. Por ejemplo, me he quedado mirando a la luna de una forma tan intensa que dolía dejar de mirarla. Un brillo tan plateado como siniestro que te envuelve y acuna en tus pensamientos y pesadillas. Ya lo decía la canción: La noche debilita los corazones.
Pero empiezo a pensar que no es lo que siento ahora. Y claro, eso me preocupa. ¿Por qué?
Porque puede ser culpa mía. Puede que no mire a la luna con los ojos de un niño de dieciséis años. Puede que haya crecido tanto y tan rápido que estar en mitad de la nada, rodeado de árboles y observando como la vida se abre paso pese al inexorable aliento del ser humano en cada rincón, no me despierte un poco de bondad. Ni siquiera lástima.
Me preocupa porque puede que yo haya perdido la ilusión de ver a un niño sonreír cuando le regalan su primer juguete, o cuando descubre que los mundos de fantasía en los que él creía no existen. Al menos no tan idílicos: siempre hay un castillo con una bruja y una princesa. Aunque en la realidad, la princesa mata a la bruja por la envidia que suscita la libertad de lo cotidiano. En la realidad, las princesas no son princesas.
Aunque para ser sincero, el motivo por el que me preocupa que no sienta nada ahora es porque puede que ahora no sienta nada. Y eso sí que me preocupa.
Hoy no necesitaba una confesión a nadie. Hoy, lo que necesitaba, era escribir algo que mi mente ate para siempre. Y cuando vuelva, mañana, pasado, en un mes o en un año, recuerde perfectamente cómo me sentía hoy.
Y para darte una pista de por qué escribo ésto, querido yo, dejaré que te plantees como un mar de fuego, tan suave y rítmico, tan acompasado, puede afectar a tu visión de la vida.
Al final, lo puedes resumir en eso, querido yo. En que un mar de fuego te había atrapado.
Y estabas jodidamente cómodo allí...
domingo, 24 de noviembre de 2013
lunes, 4 de noviembre de 2013
#Confesion 9. Sobre los momentos.
Ciertos momentos de nuestra existencia nos hace plantearnos diferentes puntos de vista sobre las cosas. Por ejemplo, el nacimiento de un bebé, u observar el pétalo de una flor bañada con el rocío de la mañana u oculta entre la nieve de Alaska, puede cambiar nuestra percepción de la vida y la muerte.
Pero cuando se habla del amor... Bueno. Cuando se habla del amor cualquier simple hecho nos cambia la vida. Una llamada (la era actual, la de las telecomunicaciones, ha propiciado el súbito cambio de opinión en cuestiones amorosas), una mirada, una sonrisa, una canción.
Una frase. Una idea.
Y en eso estaba pensando, cuando noté como de repente mis costillas se hundían y yo me doblaba hacia atrás, fruto de una tremenda patada del Maestro. Caí sobre una rodilla y cogiendo bocanadas de aire, como si en cualquier momento fuese a desaparecer, pedí permiso para retirarme. Era obvio, no por esa patada, sino por la transición del combate, que hoy no era mi día.
- Descansa. Seguiremos en un rato. Vacía tu mente y vuelve a llenarla con las Artes Marciales. No tolero otros pensamientos mientras estás con la guardia en alto - aunque mi Maestro era un hombre mayor, con sus dolencias y algunas limitaciones físicas, y aunque yo era un chaval de poco más de veintiséis años, aún me faltaban años de práctica para tener ocasión de vencer en un combate singular. Más aún en un combate sobre retórica y conocimiento. En fin. Sería un alumno de por vida.
- Gracias, Maestro - me dispuse a alzarme y sentarme a la mesa, para tomar un té, cuando me acordé de algo. Algo que, como siempre, el Maestro podría solucionar - Maestro. ¿Cómo de rápido puede uno cambiar, o bajo qué condiciones un "te quiero" deja de ser verdad? - repasé mi pregunta. Al hacerlo, sonrojé y me aferré a la esperanza de que no lo hubiese dicho en voz alta. De que lo hubiese querido decir, pero no hubiese salido de mi boca. Qué estúpido fui.
- Ja ja ja. Muchacho... ¿Acaso amas a alguien como para cuestionarte un "te quiero"? ¿Acaso tu corazón no puede permitir que irrumpan dos almas a las que querer por igual? Las personas no son iguales entre sí. El anticuado modo de ver la vida que los occidentales tenéis, os hace limitaros al amor de una mujer, una única mujer, por y para siempre. Incluso lo juráis ante vuestro Dios, en algunos casos- el Maestro me miró con un destello de picaresca en los ojos - Muchas veces, una mujer y su alma inundan tu ser y te llenan por completo. Pero a veces, tu corazón es incapaz de encontrar todo lo que necesita en esa persona. Ese es el momento en el que se pone a buscar entre las demás rosas aquella que le de el néctar que le falta. Pero claro... ¿Ese alma que te llena parcialmente, está dispuesta a compartir el recipiente? ... - me di cuenta de que toda esa charla era mucho más de lo que había hablado el Maestro en lo que llevábamos de día. Puede que fuese una reflexión dirigida a él mismo. Puede que si me fuese, él siguiera hablando sobre el amor y sus escondites. Obviamente, me quedé - Luego, muchacho. Si lo que me preguntas es si puedes amar a dos personas al mismo tiempo, la respuesta es llanamente que no. Puedes amar a miles de personas con la misma intensidad y al mismo tiempo. Pero si por el contrario, la pregunta se refiere a que si puedes ser amado por igual por dos personas, la respuesta es no. Porque eso no depende de ti. ¿Lo entendiste?
- Creo que sí, Maestro...
- Te noto dudar. ¿Qué ocurre?
- Nunca me había dado una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que yo le haya hecho. Eso es todo.
- Nunca me habías pedido una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que me hayas hecho. Eso es todo.
Sonreí llevándome la taza de té a mis labios. Quemaba. Pero me limpió por dentro: olvidé el amor, los te quiero y las reflexiones. Ahora, era tiempo de luchar.
- ¿Proseguimos, Maestro?
- Claro... - parecía aún absorto en sus divagaciones silenciosas. Como si tuviera que explicarse a sí mismo algunos actos de su vida que nunca verían la luz del día - Espero que estés listo. La próxima patada, será con intención de darte, no de despertarte.
Y comenzamos a luchar.
Pero cuando se habla del amor... Bueno. Cuando se habla del amor cualquier simple hecho nos cambia la vida. Una llamada (la era actual, la de las telecomunicaciones, ha propiciado el súbito cambio de opinión en cuestiones amorosas), una mirada, una sonrisa, una canción.
Una frase. Una idea.
Y en eso estaba pensando, cuando noté como de repente mis costillas se hundían y yo me doblaba hacia atrás, fruto de una tremenda patada del Maestro. Caí sobre una rodilla y cogiendo bocanadas de aire, como si en cualquier momento fuese a desaparecer, pedí permiso para retirarme. Era obvio, no por esa patada, sino por la transición del combate, que hoy no era mi día.
- Descansa. Seguiremos en un rato. Vacía tu mente y vuelve a llenarla con las Artes Marciales. No tolero otros pensamientos mientras estás con la guardia en alto - aunque mi Maestro era un hombre mayor, con sus dolencias y algunas limitaciones físicas, y aunque yo era un chaval de poco más de veintiséis años, aún me faltaban años de práctica para tener ocasión de vencer en un combate singular. Más aún en un combate sobre retórica y conocimiento. En fin. Sería un alumno de por vida.
- Gracias, Maestro - me dispuse a alzarme y sentarme a la mesa, para tomar un té, cuando me acordé de algo. Algo que, como siempre, el Maestro podría solucionar - Maestro. ¿Cómo de rápido puede uno cambiar, o bajo qué condiciones un "te quiero" deja de ser verdad? - repasé mi pregunta. Al hacerlo, sonrojé y me aferré a la esperanza de que no lo hubiese dicho en voz alta. De que lo hubiese querido decir, pero no hubiese salido de mi boca. Qué estúpido fui.
- Ja ja ja. Muchacho... ¿Acaso amas a alguien como para cuestionarte un "te quiero"? ¿Acaso tu corazón no puede permitir que irrumpan dos almas a las que querer por igual? Las personas no son iguales entre sí. El anticuado modo de ver la vida que los occidentales tenéis, os hace limitaros al amor de una mujer, una única mujer, por y para siempre. Incluso lo juráis ante vuestro Dios, en algunos casos- el Maestro me miró con un destello de picaresca en los ojos - Muchas veces, una mujer y su alma inundan tu ser y te llenan por completo. Pero a veces, tu corazón es incapaz de encontrar todo lo que necesita en esa persona. Ese es el momento en el que se pone a buscar entre las demás rosas aquella que le de el néctar que le falta. Pero claro... ¿Ese alma que te llena parcialmente, está dispuesta a compartir el recipiente? ... - me di cuenta de que toda esa charla era mucho más de lo que había hablado el Maestro en lo que llevábamos de día. Puede que fuese una reflexión dirigida a él mismo. Puede que si me fuese, él siguiera hablando sobre el amor y sus escondites. Obviamente, me quedé - Luego, muchacho. Si lo que me preguntas es si puedes amar a dos personas al mismo tiempo, la respuesta es llanamente que no. Puedes amar a miles de personas con la misma intensidad y al mismo tiempo. Pero si por el contrario, la pregunta se refiere a que si puedes ser amado por igual por dos personas, la respuesta es no. Porque eso no depende de ti. ¿Lo entendiste?
- Creo que sí, Maestro...
- Te noto dudar. ¿Qué ocurre?
- Nunca me había dado una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que yo le haya hecho. Eso es todo.
- Nunca me habías pedido una respuesta tan concreta a ninguna pregunta que me hayas hecho. Eso es todo.
Sonreí llevándome la taza de té a mis labios. Quemaba. Pero me limpió por dentro: olvidé el amor, los te quiero y las reflexiones. Ahora, era tiempo de luchar.
- ¿Proseguimos, Maestro?
- Claro... - parecía aún absorto en sus divagaciones silenciosas. Como si tuviera que explicarse a sí mismo algunos actos de su vida que nunca verían la luz del día - Espero que estés listo. La próxima patada, será con intención de darte, no de despertarte.
Y comenzamos a luchar.
jueves, 5 de septiembre de 2013
#Confesion 8. Sobre lo fugaz.
- ¿Cómo puede ser tan importante lo que dura tan poco, Maestro? - en esas andaba yo, tras recuperarme de una lesión que duró varios meses y empezar a practicar Karate mediante la respiración. Breve, melancólica. Triste y agria. Fugaz.
- ¿Es fugaz o no lo aprovechas? - me preguntó con mucha calma mientras servia el té que reposaba en la mesita.
- ¿Es posible aprovechar lo que no tienes consciencia de que tienes o existe? Lo fugaz es presente, pasado y futuro al mismo tiempo. Es mi exhalación, mi inhalación.
- ¿Acaso no sientes el aire inundar tus pulmones? ¿Acaso no es tan cierto como que la luna sale de noche que si respiras, en ti está aprovechar cada momento?
Tenia la capacidad de hacerme ver las cosas de muchas formas. No me atrevía a llevarle la contraria, sencillamente por experiencias previas. No es tan duro equivocarse, como enfadarte con quién te demuestra respeto y cordura.
- Puede ser. Pero Maestro, ¿cómo entonces podemos aprovechar lo fugaz de la sístole y diástole?
- ¿Cómo lo aprovecharías tú?
- No creo que se pueda. Ese momento es tan repetido y breve que apenas lo percibimos.
- Espero que esto te sirva. En una sístole, me enamoré del Karate. En una diástole, adopté un alumno. y en una exhalación, moriré. ¿Acaso no he aprovechado los momentos? ¿Acaso no podría volver a hacerlo?
Me quedé mirando el humo que el té desprendía. Analizando la conversación. Sonreí por dentro, y tomé un trago. Era otra batalla perdida aparentemente. Lo que la experiencia da, no lo da la razón.
- ¿Es fugaz o no lo aprovechas? - me preguntó con mucha calma mientras servia el té que reposaba en la mesita.
- ¿Es posible aprovechar lo que no tienes consciencia de que tienes o existe? Lo fugaz es presente, pasado y futuro al mismo tiempo. Es mi exhalación, mi inhalación.
- ¿Acaso no sientes el aire inundar tus pulmones? ¿Acaso no es tan cierto como que la luna sale de noche que si respiras, en ti está aprovechar cada momento?
Tenia la capacidad de hacerme ver las cosas de muchas formas. No me atrevía a llevarle la contraria, sencillamente por experiencias previas. No es tan duro equivocarse, como enfadarte con quién te demuestra respeto y cordura.
- Puede ser. Pero Maestro, ¿cómo entonces podemos aprovechar lo fugaz de la sístole y diástole?
- ¿Cómo lo aprovecharías tú?
- No creo que se pueda. Ese momento es tan repetido y breve que apenas lo percibimos.
- Espero que esto te sirva. En una sístole, me enamoré del Karate. En una diástole, adopté un alumno. y en una exhalación, moriré. ¿Acaso no he aprovechado los momentos? ¿Acaso no podría volver a hacerlo?
Me quedé mirando el humo que el té desprendía. Analizando la conversación. Sonreí por dentro, y tomé un trago. Era otra batalla perdida aparentemente. Lo que la experiencia da, no lo da la razón.
domingo, 14 de julio de 2013
#Confesión 7. Sobre amar.
Hoy el Anciano Maestro había salido. Tenía que hacer unas compras y no le gustaban "mis formas occidentales de malcuidar su cuerpo". En resumen, no le gustaba la comida occidental. Es comprensible, toda su vida se ha alimentado de lo poco que en su pueblo se cultivaba o criaba. Y la tecnología en estos lares es escasa, por lo que tampoco ha tenido mucho contacto con otras culturas.
El asunto es que yo estaba allí. Solo. O todo lo solo que puedes estar en un paisaje casi idílico, casi perfecto. Sol, nubes, árboles, agua. Naturaleza y Artes Marciales. Pensándolo mejor, no. No estaba solo.
Tras el largo día de entrenamiento me puse un rato a meditar sobre todo. Es lo que tiene el mokuso, que te despierta el subconsciente y trae recuerdos aleatorios. Y hoy le tocaba.
Envuelto en un mato de respiración y tranquilidad, me puse a pensar todo lo que tenía que escribir. Lo ordené.
Quizás empezaría con un "era tan hermosa que me dolían las manos al no poderla acariciar. Su ojos infinitos, su sonrisa relajante y su piel dorada, me quitaban el sueño. Ese pelo rubio, o castaño, o como fuere. Que hacía a la luna insignificante y al sol oscuro.
Cuánto deseaba amarla. Cuánto deseaba decirle que no se preocupase. Que a partir de ahora, ella iba a ser la única dueña de mis besos. La única caricia de mi alma y el susurro que me despertarse el corazón cada mañana. Una sola noche con ella bastaría para que el mundo fuese un lugar perfecto.
No pido una relación. Ni tampoco sexo desenfrenado. Únicamente un contacto de esos que surgen con una mirada interrogante. Una sonrisa coqueta y un ceño fruncido. Una pregunta sin respuesta y una tensión que asfixie nuestra piel. Que nos obligue a acercarnos y a preguntarnos cómo hemos llegado ahí.
Y luego, una caricia. Un roce con la mano sobre su codo. Una inclinación de cabeza y una caricia en el pelo. Decirle que me devuelva mi respiración, que me devuelva la cordura. Que su belleza no conoce límites y que sus labios me exigen autoritariamente un beso.
Y no esperar respuesta. Darle un beso en esos carnosos labios. En esa sonrisa que hace unos momentos inundó mi cuerpo de un humo de tranquilidad. Y notar su respiración. Su pulso acelerado.
Dejarnos llevar por el impulso natural que domina esas situaciones. Acariciar su cuerpo, besar cada centímetro y descubrir sensaciones que no sabíamos que podríamos tener. Sentirnos, abrazarnos, arañarnos, mordernos. Devorarnos vivos y amarnos.
Y después, abrazarla y dormir. Hacernos sentir que esa noche sería nuestra noche. Que nada nos la arrebataría de nuestra memoria, aunque no volviesemos a vernos, aunque no volviesemos a tocarnos.
En eso pienso. En que somos materia en descomposición, y que si no aprovechamos el tiempo que se nos brinda, estamos perdidos para siempre. Condenados a equivocarnos y levantarnos, sin plantearnos siquiera cómo nos hemos equivocado.
Pero eso no sería un error. Lo de mi pensamiento. Eso sería natural. Amor. Amar.
Gabriel García Márquez, un escritor occidental decía "El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas". Y qué verdad es. Amar a dos personas es tan fácil como conocer a dos personas extraordinarias..."
Podría ser algo así. Lo pensaba allí sentado, sudado después del entrenamiento. Con el sol en mi rostro, secandome el sudor, acompañado por una orquesta de pájaros y agua del río. En la tranquilidad oriental que me proporcionaba aquella casa de Okinawa.
Acababa de llegar el Maestro. Será mejor que le ayude con la compra.
El asunto es que yo estaba allí. Solo. O todo lo solo que puedes estar en un paisaje casi idílico, casi perfecto. Sol, nubes, árboles, agua. Naturaleza y Artes Marciales. Pensándolo mejor, no. No estaba solo.
Tras el largo día de entrenamiento me puse un rato a meditar sobre todo. Es lo que tiene el mokuso, que te despierta el subconsciente y trae recuerdos aleatorios. Y hoy le tocaba.
Envuelto en un mato de respiración y tranquilidad, me puse a pensar todo lo que tenía que escribir. Lo ordené.
Quizás empezaría con un "era tan hermosa que me dolían las manos al no poderla acariciar. Su ojos infinitos, su sonrisa relajante y su piel dorada, me quitaban el sueño. Ese pelo rubio, o castaño, o como fuere. Que hacía a la luna insignificante y al sol oscuro.
Cuánto deseaba amarla. Cuánto deseaba decirle que no se preocupase. Que a partir de ahora, ella iba a ser la única dueña de mis besos. La única caricia de mi alma y el susurro que me despertarse el corazón cada mañana. Una sola noche con ella bastaría para que el mundo fuese un lugar perfecto.
No pido una relación. Ni tampoco sexo desenfrenado. Únicamente un contacto de esos que surgen con una mirada interrogante. Una sonrisa coqueta y un ceño fruncido. Una pregunta sin respuesta y una tensión que asfixie nuestra piel. Que nos obligue a acercarnos y a preguntarnos cómo hemos llegado ahí.
Y luego, una caricia. Un roce con la mano sobre su codo. Una inclinación de cabeza y una caricia en el pelo. Decirle que me devuelva mi respiración, que me devuelva la cordura. Que su belleza no conoce límites y que sus labios me exigen autoritariamente un beso.
Y no esperar respuesta. Darle un beso en esos carnosos labios. En esa sonrisa que hace unos momentos inundó mi cuerpo de un humo de tranquilidad. Y notar su respiración. Su pulso acelerado.
Dejarnos llevar por el impulso natural que domina esas situaciones. Acariciar su cuerpo, besar cada centímetro y descubrir sensaciones que no sabíamos que podríamos tener. Sentirnos, abrazarnos, arañarnos, mordernos. Devorarnos vivos y amarnos.
Y después, abrazarla y dormir. Hacernos sentir que esa noche sería nuestra noche. Que nada nos la arrebataría de nuestra memoria, aunque no volviesemos a vernos, aunque no volviesemos a tocarnos.
En eso pienso. En que somos materia en descomposición, y que si no aprovechamos el tiempo que se nos brinda, estamos perdidos para siempre. Condenados a equivocarnos y levantarnos, sin plantearnos siquiera cómo nos hemos equivocado.
Pero eso no sería un error. Lo de mi pensamiento. Eso sería natural. Amor. Amar.
Gabriel García Márquez, un escritor occidental decía "El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas". Y qué verdad es. Amar a dos personas es tan fácil como conocer a dos personas extraordinarias..."
Podría ser algo así. Lo pensaba allí sentado, sudado después del entrenamiento. Con el sol en mi rostro, secandome el sudor, acompañado por una orquesta de pájaros y agua del río. En la tranquilidad oriental que me proporcionaba aquella casa de Okinawa.
Acababa de llegar el Maestro. Será mejor que le ayude con la compra.
martes, 30 de abril de 2013
#Confesión 6. Sobre la hegemonía de la razón
Hoy me levanté y me fui temprano, dejando al Maestro en casa meditando (o durmiendo) mientras yo me retiraba a la alameda a respirar y pensar. Imagínense la situación. Una arboleda. El sol, en su cruel naturaleza, atravesando las hojas con su luz, como si no quisiera perderse ni un sólo pedazo de eternidad que la sombra pudiese ocultar. Allí estaba yo. En mitad de todo aquel silencioso entorno, con mi pequeña y maltrecha libreta y un lápiz sin apenas punta escribiendo acerca de locuras y tonterías.
"Cuando el corazón tiene que tomar decisiones difíciles, se nubla la razón. Entra en un estado aletargado que le impide reaccionar a las situaciones lógicas y coherentes con la respuesta adecuada. Como si de repente, todo fuese mil veces más complicado. No contento con ésto, genera una sensación de inseguridad que te hace cuestionar tus propios principios. Te comienzas a hacer preguntas trascendentes que inmediatamente descartas por encajar en un modelo de sociedad que repudia la autocrítica y el respeto. Y mucho peor. Repudia el amor propio."
Me detuve. Este párrafo me había salido especialmente del alma. Estaba en blanco, aunque era posible que no hubiese que añadir nada más. Pero de repente, vi sus ojos. Grandes, sugerentes. Incitándome al desnudo más animal, a la más instintiva de las pasiones y al desgarro del espacio que nos separaba. A arrancarle suspiros, llenar su piel de diamantes de sudor y rojizas zonas mordidas en torno a su terso cuello. Mis manos se iban sin que yo pudiera controlarlas y mis piernas obedecían un siniestro compás que no era perceptible a oídos de quién nunca ha sentido esa primitiva necesidad de amar.
Volví a abrir los ojos y no estaba.
"Sin embargo, en los momentos en los que te cuestionas tu propia integridad, existencia y sentimientos es cuando la razón, lúcida y feroz, hace acto de presencia. Y te susurra: 'Eh. Que tú, por encima de todo, eres humano'.
No encuentro las palabras posibles para describirlo. La sensación es parecida al miedo. Empieza con un leve cosquilleo en las manos y un escalofrío que te recorre a velocidad de vértigo la columna, erizando los pelos de tu nuca. Cuando llega a la cabeza, se enfría de repente y tus pupilas se hacen más grandes. A veces el mismo cosquilleo te hace estirar el cuello y el pecho. Recorre tus pectorales y pezones, bajando al estómago, donde definitivamente se asienta. Y lo sientes frío, revuelto. Como un ente que no debería estar allí. Y tu cuerpo intenta expulsarlo, pero no es capaz.
Si entiendes cuál es esa sensación, entenderás que todo lo provoca el corazón. Esa máquina de despechos e inseguridades.
La razón es la sensación contraria. La que relaja. La que hace que tus párpados dejen de contraerse y se relajen. La que deja que tus labios dibujen una pequeña sonrisa y tus manos se muevan con lentitud hacia tu pelo, caderas o bolsillos (si eres tradicional). La razón es la que te permite andar con normalidad y dibujarte una máscara de seguridad y dureza que realmente no tienes.
Al final, lo que prevalece, es la razón. Por muy primitivo que sea el corazón y el sentimiento. Por muy primi"
Corté de repente.
Ahí venía. Tenía que verla. Aunque me puse algo nervioso, por culpa de mi corazón... La razón hizo que avanzase hacia ella con un tímido 'Hola'.
Esa es otra confesión. Para otro día. Corrí más tarde a darle la libreta a mi Maestro. Él sabe las dudas que me atormentan y siempre encuentra la pregunta adecuada.
"Cuando el corazón tiene que tomar decisiones difíciles, se nubla la razón. Entra en un estado aletargado que le impide reaccionar a las situaciones lógicas y coherentes con la respuesta adecuada. Como si de repente, todo fuese mil veces más complicado. No contento con ésto, genera una sensación de inseguridad que te hace cuestionar tus propios principios. Te comienzas a hacer preguntas trascendentes que inmediatamente descartas por encajar en un modelo de sociedad que repudia la autocrítica y el respeto. Y mucho peor. Repudia el amor propio."
Me detuve. Este párrafo me había salido especialmente del alma. Estaba en blanco, aunque era posible que no hubiese que añadir nada más. Pero de repente, vi sus ojos. Grandes, sugerentes. Incitándome al desnudo más animal, a la más instintiva de las pasiones y al desgarro del espacio que nos separaba. A arrancarle suspiros, llenar su piel de diamantes de sudor y rojizas zonas mordidas en torno a su terso cuello. Mis manos se iban sin que yo pudiera controlarlas y mis piernas obedecían un siniestro compás que no era perceptible a oídos de quién nunca ha sentido esa primitiva necesidad de amar.
Volví a abrir los ojos y no estaba.
"Sin embargo, en los momentos en los que te cuestionas tu propia integridad, existencia y sentimientos es cuando la razón, lúcida y feroz, hace acto de presencia. Y te susurra: 'Eh. Que tú, por encima de todo, eres humano'.
No encuentro las palabras posibles para describirlo. La sensación es parecida al miedo. Empieza con un leve cosquilleo en las manos y un escalofrío que te recorre a velocidad de vértigo la columna, erizando los pelos de tu nuca. Cuando llega a la cabeza, se enfría de repente y tus pupilas se hacen más grandes. A veces el mismo cosquilleo te hace estirar el cuello y el pecho. Recorre tus pectorales y pezones, bajando al estómago, donde definitivamente se asienta. Y lo sientes frío, revuelto. Como un ente que no debería estar allí. Y tu cuerpo intenta expulsarlo, pero no es capaz.
Si entiendes cuál es esa sensación, entenderás que todo lo provoca el corazón. Esa máquina de despechos e inseguridades.
La razón es la sensación contraria. La que relaja. La que hace que tus párpados dejen de contraerse y se relajen. La que deja que tus labios dibujen una pequeña sonrisa y tus manos se muevan con lentitud hacia tu pelo, caderas o bolsillos (si eres tradicional). La razón es la que te permite andar con normalidad y dibujarte una máscara de seguridad y dureza que realmente no tienes.
Al final, lo que prevalece, es la razón. Por muy primitivo que sea el corazón y el sentimiento. Por muy primi"
Corté de repente.
Ahí venía. Tenía que verla. Aunque me puse algo nervioso, por culpa de mi corazón... La razón hizo que avanzase hacia ella con un tímido 'Hola'.
Esa es otra confesión. Para otro día. Corrí más tarde a darle la libreta a mi Maestro. Él sabe las dudas que me atormentan y siempre encuentra la pregunta adecuada.
miércoles, 24 de abril de 2013
#Confesión 5. Sobre la determinación
Ya era la hora. Cuanto más rápido intentaba llegar al final de éste asunto, más rápido me hundía en las sugerencias impuestas por la inseguridad. Pero por fin, llegó el momento.
- Estoy preparado - le dije. El Maestro me escuchaba, sin mirarme. Como siempre, con sus diminutos ojos cerrados, formando en su rostro unas arrugas que, de poder hablar, contarían historias que jamás nadie olvidaría - Cuando llegue el momento, no me cogerá desprevenido.
- Lo sé - se limitó a decir. Quizás la sensación de frío venía provocada por la húmeda hierba sobre la que me encontraba arrodillado. O quizás fuese una sensación de miedo atroz ante todo lo que el destino me deparaba.
- Al final, es como un sueño, Maestro. Por eso me gusta soñar. Siempre he creído que los sueños son historias sugeridas por el subconsciente, por un ego interior que manifiesta sus ansias de liberarse, de vivir en una realidad que no es la que tú estás percibiendo. A veces, incluso, desea vivir del miedo y de la intriga. Esas son las llamadas pesadillas - hice una pausa. Sabía que no hablaba sólo, aunque no recibiese ninguna confirmación - Pero aún así, historias que nunca has vivido, o realidades que están por vivir. Y al final de esas historias, cuando lo mejor está por pasar, te despiertas... - medité un poco acerca de esto último.
Siempre pasaba lo mismo. Cuando en tus sueños, alcanzabas por fin un estado de equilibrio o certeza, cuando se respondían las incógnitas entre sábanas, propias o ajenas, entre cuerpos desnudos y sudor, abrazados a nuestro alma, o a su cuerpo... Siempre te despertabas. A veces, lo recibes con gusto. Volver a una realidad más simple, donde tú decides lo que pasa. Otras, lo recibes con desagrado. Te gustaba no controlar la situación. No limitarte a un ente físico, carne y hueso. Sangre y músculo. Te gustaba esa realidad egocéntrica e inexistente o improbable. Al final, llegué a una conclusión.
- Estoy preparado. Porque cuando te despiertas, Maestro, tu ego te está dejando una historia con un punto al final. Eres tú el que decide convertir ese punto en tres puntos suspensivos o en un cambio de historia. Es tan benevolente con nuestros actos, que nuestro Ego interior sabe perfectamente nuestro límite real para aceptar una historia. Y cuando estás preparado, como lo estoy yo ahora... Ese Ego no te pone límites. Te deja soñar despierto en esa realidad - miré a mi Maestro. Asentía con los ojos cerrados. Como aceptando mi teoría - En esa realidad me encuentro ahora. En la realidad más superficial de mi sueño más profundo - cerré los ojos. Estaba satisfecho.
Ya no sentía miedo. Ni inseguridades. Ahora estaba completamente decidido a aceptar lo que me enviase el destino. Esa determinación, era mi mayor lujo.
- Estoy preparado - le dije. El Maestro me escuchaba, sin mirarme. Como siempre, con sus diminutos ojos cerrados, formando en su rostro unas arrugas que, de poder hablar, contarían historias que jamás nadie olvidaría - Cuando llegue el momento, no me cogerá desprevenido.
- Lo sé - se limitó a decir. Quizás la sensación de frío venía provocada por la húmeda hierba sobre la que me encontraba arrodillado. O quizás fuese una sensación de miedo atroz ante todo lo que el destino me deparaba.
- Al final, es como un sueño, Maestro. Por eso me gusta soñar. Siempre he creído que los sueños son historias sugeridas por el subconsciente, por un ego interior que manifiesta sus ansias de liberarse, de vivir en una realidad que no es la que tú estás percibiendo. A veces, incluso, desea vivir del miedo y de la intriga. Esas son las llamadas pesadillas - hice una pausa. Sabía que no hablaba sólo, aunque no recibiese ninguna confirmación - Pero aún así, historias que nunca has vivido, o realidades que están por vivir. Y al final de esas historias, cuando lo mejor está por pasar, te despiertas... - medité un poco acerca de esto último.
Siempre pasaba lo mismo. Cuando en tus sueños, alcanzabas por fin un estado de equilibrio o certeza, cuando se respondían las incógnitas entre sábanas, propias o ajenas, entre cuerpos desnudos y sudor, abrazados a nuestro alma, o a su cuerpo... Siempre te despertabas. A veces, lo recibes con gusto. Volver a una realidad más simple, donde tú decides lo que pasa. Otras, lo recibes con desagrado. Te gustaba no controlar la situación. No limitarte a un ente físico, carne y hueso. Sangre y músculo. Te gustaba esa realidad egocéntrica e inexistente o improbable. Al final, llegué a una conclusión.
- Estoy preparado. Porque cuando te despiertas, Maestro, tu ego te está dejando una historia con un punto al final. Eres tú el que decide convertir ese punto en tres puntos suspensivos o en un cambio de historia. Es tan benevolente con nuestros actos, que nuestro Ego interior sabe perfectamente nuestro límite real para aceptar una historia. Y cuando estás preparado, como lo estoy yo ahora... Ese Ego no te pone límites. Te deja soñar despierto en esa realidad - miré a mi Maestro. Asentía con los ojos cerrados. Como aceptando mi teoría - En esa realidad me encuentro ahora. En la realidad más superficial de mi sueño más profundo - cerré los ojos. Estaba satisfecho.
Ya no sentía miedo. Ni inseguridades. Ahora estaba completamente decidido a aceptar lo que me enviase el destino. Esa determinación, era mi mayor lujo.
viernes, 15 de marzo de 2013
#Confesión 4. De la inspiración
"Cuando te sientes como un alma creativa y tus actos dejan de ser premeditados, estás más cerca de la perfección artística de lo que te piensas. Esa ausencia de planificación y ese afán artístico son capaces de convertir tu cuerpo, mente, alma y sentimientos en la manifestación de todo tu ser."
- No sé como continuar, Maestro - escribía con un entusiasmo desmedido. Pero llegó un parón de repente en mi cabeza que me impidió ver cuál era el siguiente paso. La siguiente reflexión.
- ¿Qué es lo que quieres que tus palabras expresen? ¿Una forma de ver la vida? ¿Una reflexión del '¿Y si...?' más largo de tu corta vida? - me preguntó. Permanecía sentado, con los ojos cerrados y haciendo gestos con las manos, correspondiente a distintas técnicas marciales.
- Puede... - respondí. Me mordía el labio, y cuando me hacía daño, mordía el lápiz. El papel permanecía en el suelo, y yo sentado me inclinaba hacia él, alejándome acercándome... Encontrar una nueva perspectiva.
"Y si es tu mente la que se desarrolla, estarás más cerca del autodominio. Cuando el corazón dicte las instrucciones al ritmo de la sístole ventricular y en cada diástole seas capaz de tomar una decisión, el control de tu cuerpo y alma es automático. Eso, en esencia, es la capacidad que un artista marcial debe desarrollar."
Y eso era. Tan simple. Tan complejo.
- ¿Puede definirse así? - se lo leí al Maestro.
- Demasiado complejo. O simple. ¿Tú crees que es justo eso lo que quieres expresar? ¿Estás totalmente convencido?
Reflexioné. Uno, tres, veinte minutos.
- Sí. Es justo eso, Maestro. Simple y complejo.
"Es así de simple. Así de complejo. La perfección artística y el autodominio son la base y esencia de cualquier Arte. Especialmente en las Artes Marciales."
Cuando leí esa frase, quedaba coja. Hay algo que no estaba bien. Agregué:
"[...] El único arte que no se basa en estos principios es el de amar. El de tomar decisiones con el propio corazón. No existe ni la perfección ni el autodominio. Es Caos. Esto se explicará en otra reflexión".
Con la satisfacción del deber cumplido, guardé esa hoja de papel y empecé a seguir a mi maestro con sus movimientos y técnicas.
Ambos sentados, con los ojos cerrados, recogiendo un brazo y estirando el puño. Abriendo la mano y golpeando de forma circular al aire. Éramos un fragmento de tiempo congelado. Coordinados, serenos. Joven. Anciano.
Justo lo que debíamos ser.
- No sé como continuar, Maestro - escribía con un entusiasmo desmedido. Pero llegó un parón de repente en mi cabeza que me impidió ver cuál era el siguiente paso. La siguiente reflexión.
- ¿Qué es lo que quieres que tus palabras expresen? ¿Una forma de ver la vida? ¿Una reflexión del '¿Y si...?' más largo de tu corta vida? - me preguntó. Permanecía sentado, con los ojos cerrados y haciendo gestos con las manos, correspondiente a distintas técnicas marciales.
- Puede... - respondí. Me mordía el labio, y cuando me hacía daño, mordía el lápiz. El papel permanecía en el suelo, y yo sentado me inclinaba hacia él, alejándome acercándome... Encontrar una nueva perspectiva.
"Y si es tu mente la que se desarrolla, estarás más cerca del autodominio. Cuando el corazón dicte las instrucciones al ritmo de la sístole ventricular y en cada diástole seas capaz de tomar una decisión, el control de tu cuerpo y alma es automático. Eso, en esencia, es la capacidad que un artista marcial debe desarrollar."
Y eso era. Tan simple. Tan complejo.
- ¿Puede definirse así? - se lo leí al Maestro.
- Demasiado complejo. O simple. ¿Tú crees que es justo eso lo que quieres expresar? ¿Estás totalmente convencido?
Reflexioné. Uno, tres, veinte minutos.
- Sí. Es justo eso, Maestro. Simple y complejo.
"Es así de simple. Así de complejo. La perfección artística y el autodominio son la base y esencia de cualquier Arte. Especialmente en las Artes Marciales."
Cuando leí esa frase, quedaba coja. Hay algo que no estaba bien. Agregué:
"[...] El único arte que no se basa en estos principios es el de amar. El de tomar decisiones con el propio corazón. No existe ni la perfección ni el autodominio. Es Caos. Esto se explicará en otra reflexión".
Con la satisfacción del deber cumplido, guardé esa hoja de papel y empecé a seguir a mi maestro con sus movimientos y técnicas.
Ambos sentados, con los ojos cerrados, recogiendo un brazo y estirando el puño. Abriendo la mano y golpeando de forma circular al aire. Éramos un fragmento de tiempo congelado. Coordinados, serenos. Joven. Anciano.
Justo lo que debíamos ser.
martes, 12 de marzo de 2013
#Confesión 3. Mi peor lucha
Pues claro que me sentía ofendido. Más que ofendido, me sentía furioso.
- Me pediste que te hiciera caso - le recriminé- sin embargo lo único que obtengo de ti es traición tras traición. Como una vorágine de malos entendidos racionales, como un constante golpe de mala suerte. Eres despreciable. ¡DESPRECIABLE! - gritaba todo lo fuerte que podía. Me dolían los puños de tenerlos cerrados. Eran demasiadas cosas, demasiado tiempo haciéndome ver falsas ilusiones y esperanzas. Al final, desaté mi ira.
Le golpeé tan fuerte como pude. Más fuerte que aquella vez en la que la corteza del árbol saltó disparada. El golpe fue contundente, con mis puños, con sangre en mis labios de morderme. Con lágrimas de dolor y angustia en las mejillas. Con el sudor bañando el desnudo cuerpo.
- ¡Te lo dije! ¡Te dije que te mantuvieras al margen! ¡Te dije que me dejaras a mi! Nunca me haces caso, ¡NUNCA! - el segundo golpe salió de mi vientre, de mi pecho, de mi alma. Salió con tanta potencia y fuerza que creí perder ese brazo para siempre. Sentí el dolor amortiguado del golpe en mis nudillos, muñeca, antebrazo, hombro, cuello y espalda. Noté el leve crujido de mis huesos, la tensión de mis músculos.
- No puedo permitirlo. No es ella tan especial. ¿No lo entiendes? Estás jugando con alguien a quién apenas conoces... Mejor será que te alejes de mi - mi cuerpo estaba engarrotado de los golpes propinados, pero mi voz no temblaba. Firme, serena. Con la confianza que creía perdida - Quiero que no me vuelvas a aconsejar. Que te alejes lo que te permita el universo y salgas de mi cuerpo. No es tan especial. ¡ELLA NO ES TAN ESPECIAL! - con el último aliento que me quedaba le grité, arañé, golpeé, mordí. Y entonces, abrí los ojos.
- ¿Estás bien? - me preguntó mi maestro - parecías conversar con alguien.
- No Maestro. Estaba meditando. Hablaba con mi corazón. Le dejaba las cosas claras - le miré buscando complicidad, algún gesto que dijese: te entiendo, sé como funciona. Pero allí estaba mi Maestro. Impasible, con los ojos cerrados, la barba blanca totalmente lisa y peinada. Sin sonreír, sin levantarse de sus rodillas. Ahora me planteo si alguna vez le he visto sin que esté meditando...
- ¿Ya lo has arreglado todo con tu corazón? Recuerda, no te ciegues. Nunca te ciegues. El alma entiende un lenguaje que no es perceptible a ti en su forma real. El corazón te lo traduce todo, aunque a veces un poco tergiversado... - yo seguía sentado de rodilla, con el pulso acelerado y las rodillas molestas. Me incliné a saludar y agradecerle a mi maestro todo lo que en ese día me había otorgado y él, con un gesto casi imperceptible de asentimiento, sin mirarme, me dio permiso para retirarme.
Yo creía que lo había entendido. El corazón me traduce lo que mis ojos no ven.
Pero si eso era verdad, entonces... Entonces...
Entonces estaba en un verdadero problema. Entonces, ella sí era tan especial como mi corazón me decía...
- Me pediste que te hiciera caso - le recriminé- sin embargo lo único que obtengo de ti es traición tras traición. Como una vorágine de malos entendidos racionales, como un constante golpe de mala suerte. Eres despreciable. ¡DESPRECIABLE! - gritaba todo lo fuerte que podía. Me dolían los puños de tenerlos cerrados. Eran demasiadas cosas, demasiado tiempo haciéndome ver falsas ilusiones y esperanzas. Al final, desaté mi ira.
Le golpeé tan fuerte como pude. Más fuerte que aquella vez en la que la corteza del árbol saltó disparada. El golpe fue contundente, con mis puños, con sangre en mis labios de morderme. Con lágrimas de dolor y angustia en las mejillas. Con el sudor bañando el desnudo cuerpo.
- ¡Te lo dije! ¡Te dije que te mantuvieras al margen! ¡Te dije que me dejaras a mi! Nunca me haces caso, ¡NUNCA! - el segundo golpe salió de mi vientre, de mi pecho, de mi alma. Salió con tanta potencia y fuerza que creí perder ese brazo para siempre. Sentí el dolor amortiguado del golpe en mis nudillos, muñeca, antebrazo, hombro, cuello y espalda. Noté el leve crujido de mis huesos, la tensión de mis músculos.
- No puedo permitirlo. No es ella tan especial. ¿No lo entiendes? Estás jugando con alguien a quién apenas conoces... Mejor será que te alejes de mi - mi cuerpo estaba engarrotado de los golpes propinados, pero mi voz no temblaba. Firme, serena. Con la confianza que creía perdida - Quiero que no me vuelvas a aconsejar. Que te alejes lo que te permita el universo y salgas de mi cuerpo. No es tan especial. ¡ELLA NO ES TAN ESPECIAL! - con el último aliento que me quedaba le grité, arañé, golpeé, mordí. Y entonces, abrí los ojos.
- ¿Estás bien? - me preguntó mi maestro - parecías conversar con alguien.
- No Maestro. Estaba meditando. Hablaba con mi corazón. Le dejaba las cosas claras - le miré buscando complicidad, algún gesto que dijese: te entiendo, sé como funciona. Pero allí estaba mi Maestro. Impasible, con los ojos cerrados, la barba blanca totalmente lisa y peinada. Sin sonreír, sin levantarse de sus rodillas. Ahora me planteo si alguna vez le he visto sin que esté meditando...
- ¿Ya lo has arreglado todo con tu corazón? Recuerda, no te ciegues. Nunca te ciegues. El alma entiende un lenguaje que no es perceptible a ti en su forma real. El corazón te lo traduce todo, aunque a veces un poco tergiversado... - yo seguía sentado de rodilla, con el pulso acelerado y las rodillas molestas. Me incliné a saludar y agradecerle a mi maestro todo lo que en ese día me había otorgado y él, con un gesto casi imperceptible de asentimiento, sin mirarme, me dio permiso para retirarme.
Yo creía que lo había entendido. El corazón me traduce lo que mis ojos no ven.
Pero si eso era verdad, entonces... Entonces...
Entonces estaba en un verdadero problema. Entonces, ella sí era tan especial como mi corazón me decía...
martes, 5 de marzo de 2013
#Confesión 2. Sobre su sonrisa
Sentados bajo la lluvia incesante y el frío invierno, manteníamos un acuerdo de silencio con la naturaleza. Acuerdo roto únicamente por el aleteo de las aves que revoloteaban de árbol en árbol mojado, buscando, quizás, un lugar donde poder cobijarse. Las rodillas doloridas tras ser el único apoyo de mi cuerpo durante horas (¿o días?) y los antebrazos insensibles por el roce del aire frío. El rostro impasible, mirando al frente, aprendiendo de memoria cada uno de los trazos de ese paisaje.
- Maestro - susurré.
- ¿Sí? - su voz serena y relajada en todas las situaciones era algo que a mi me impresionaba. Parecía tener claro que, tras cada luna, viene un sol. Que siempre pasa el invierno y la primavera nunca es eterna. Yo, para ser sinceros, no lo tenía tan claro.
- Es ella otra vez. Es su recuerdo. Su capacidad para distraerme y hacerme volver en el tiempo a sus brazos, sus caricias. A esa sonrisa traviesa, o esas lágrimas amargas que compartimos. A veces me planteo cómo deben ser las cosas o cómo habrían podido ser - todo lo iba diciendo despacio. Brotaba de mi cada palabra y la lluvia seguía mojando mi cara, mis manos, mi pelo. Mis labios. Saboreaba esa lluvia que tan humano me hacía sentir, tan insignificante. Era parte de mi.
- Te planteas muchas preguntas que no tienen respuesta. Te planteas cómo es posible que estemos aquí sentados, pero no disfrutas del simple hecho de estarlo. Me recuerdas a un viejo tonto, cansado de vivir y demasiado vago como para morir... - aunque sus ojos permanecían cerrados y su boca impasible, la voz con la que me hablaba casi parecía un intento de comprensión, o puede que de un recuerdo gracioso. Pero claro, eso con mi Maestro era siempre una adivinanza. Me había acostumbrado a ello.
- Es posible, Maestro. Quizás yo sea un vago anciano... O quizás sea que el deseo del puro sentimiento me hace envejecer. Que con cada recuerdo mi piel se marchita y mis ojos se cansan. Quizás sea eso. Que ella siempre tuvo esa bella juventud de quién no ha sufrido un mal de amores. Esa juventud tan cruda y sincera que hacía sonreír a mis pesadillas. Esa puñetera sonrisa, amarga delicia...
- Ahórrate esas palabrejas, inepto. Si necesitas recurrir a ellas para expresarte es que te falta corazón o cerebro. O ambas cosas - me reprendió el Maestro, con voz severa y autoritaria.
- Tiene razón Maestro. Discúlpeme - me arrepentí casi de inmediato de haber hablado así de su sonrisa. Tras la disculpa, volví a cerrar los ojos. Deseaba que no me desvelase otra vez de mi tranquilidad aquella luz en sus ojos, aquella dulzura en sus manos. Aquella sonrisa.
Esa sonrisa...
Esa sonrisa...
sábado, 26 de enero de 2013
#Confesión 1 . Sobre el inicio
Era una tarde lluviosa, fría y gris. Andando sobre el camino que conducía al santuario, intentaba evitar a toda costa mancharme las botas recién compradas de barro. Las hojas de los árboles se inclinaban por el peso del agua sobre ellas, y las gotas caían sobre mi capucha que por ser de tela, más era un adorno que una protección.
Allí estaba el Maestro. Para abreviar su historia, digamos que es la persona más anciana que jamás he conocido. Su pelo largo y blanco, más que la nieve y la luz del sol, contrastaba con su piel rosada, arrugada y marcada por años y años de continua lucha y reflexión. Su barba hacía alusión a una época en la que su sonrisa bañaba su rostro. Ahora, impasible, parecía haber olvidado cómo se mostraban expresiones. Tan sólo lo hacía con los ojos, y raro era, pues siempre estaba con los ojos cerrados y meditando.
De todas formas, como todos los días hasta el de hoy, me senté delante de él y comencé a meditar. Mokuso, el arte de automatizar tus movimientos, de liberarte de la carga continua del pensamiento y centrarse en lo realmente importante: el movimiento sutil y natural de lo que nos rodeaba.
- Maestro- le dije con voz relajada, tras unos instantes de meditación- ¿puedo confesarle algo?- Como no obtuve más respuesta que el silencio, me arriesgué a continuar. La impertinencia era característica propia del narrador de esta historia. Para que nos vayamos conociendo, querido lector - Siempre he tenido miedo de no saber cómo reaccionar ante determinadas situaciones. Como si necesitase urgentemente lo que hago ahora mismo: relatar y pedirle consejo a usted. ¿No le importaría si lo hago más a menudo? No hace falta que me responda, tan solo...
- No hace falta que te responda. Tan solo... ¿qué? El acto de reflexionar es mucho más que hablar sin obtener respuesta. Es pensar para encontrar salidas. Es tu reflexión, tu principio de curiosidad lo que debe hacerte obtener resultados. No es consejo lo que necesitas, ni mis respuestas. Son preguntas, las preguntas adecuadas. ¿Lo has entendido? - la interrupción del Maestro me pilló de improvisto. No me esperaba que me respondiese con una contundencia y brusquedad tan exageradas. Noté la sangre acumulándose en mis mejillas y las palabras que se mezclaban en mi mente.
El maestro seguía con los ojos cerrados, nunca los abría. Al menos no para hablar, decía que las cosas que los ojos veían, las entendía mejor el corazón que la vista. "Has de pensar con el corazón y sentir con la mente. Pero has de ver con ambas cosas. Si cierras los ojos y no ves nada, estás lejos de encontrar respuestas". Siempre lo decía.
- Sí, Maestro. Lo he entendido. No buscaré consejo, más buscaré las preguntas adecuadas. Ahora lo veo - le dije, mientras mantenía mis ojos cerrados.
Allí estaba el Maestro. Para abreviar su historia, digamos que es la persona más anciana que jamás he conocido. Su pelo largo y blanco, más que la nieve y la luz del sol, contrastaba con su piel rosada, arrugada y marcada por años y años de continua lucha y reflexión. Su barba hacía alusión a una época en la que su sonrisa bañaba su rostro. Ahora, impasible, parecía haber olvidado cómo se mostraban expresiones. Tan sólo lo hacía con los ojos, y raro era, pues siempre estaba con los ojos cerrados y meditando.
De todas formas, como todos los días hasta el de hoy, me senté delante de él y comencé a meditar. Mokuso, el arte de automatizar tus movimientos, de liberarte de la carga continua del pensamiento y centrarse en lo realmente importante: el movimiento sutil y natural de lo que nos rodeaba.
- Maestro- le dije con voz relajada, tras unos instantes de meditación- ¿puedo confesarle algo?- Como no obtuve más respuesta que el silencio, me arriesgué a continuar. La impertinencia era característica propia del narrador de esta historia. Para que nos vayamos conociendo, querido lector - Siempre he tenido miedo de no saber cómo reaccionar ante determinadas situaciones. Como si necesitase urgentemente lo que hago ahora mismo: relatar y pedirle consejo a usted. ¿No le importaría si lo hago más a menudo? No hace falta que me responda, tan solo...
- No hace falta que te responda. Tan solo... ¿qué? El acto de reflexionar es mucho más que hablar sin obtener respuesta. Es pensar para encontrar salidas. Es tu reflexión, tu principio de curiosidad lo que debe hacerte obtener resultados. No es consejo lo que necesitas, ni mis respuestas. Son preguntas, las preguntas adecuadas. ¿Lo has entendido? - la interrupción del Maestro me pilló de improvisto. No me esperaba que me respondiese con una contundencia y brusquedad tan exageradas. Noté la sangre acumulándose en mis mejillas y las palabras que se mezclaban en mi mente.
El maestro seguía con los ojos cerrados, nunca los abría. Al menos no para hablar, decía que las cosas que los ojos veían, las entendía mejor el corazón que la vista. "Has de pensar con el corazón y sentir con la mente. Pero has de ver con ambas cosas. Si cierras los ojos y no ves nada, estás lejos de encontrar respuestas". Siempre lo decía.
- Sí, Maestro. Lo he entendido. No buscaré consejo, más buscaré las preguntas adecuadas. Ahora lo veo - le dije, mientras mantenía mis ojos cerrados.
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