Hoy el Anciano Maestro había salido. Tenía que hacer unas compras y no le gustaban "mis formas occidentales de malcuidar su cuerpo". En resumen, no le gustaba la comida occidental. Es comprensible, toda su vida se ha alimentado de lo poco que en su pueblo se cultivaba o criaba. Y la tecnología en estos lares es escasa, por lo que tampoco ha tenido mucho contacto con otras culturas.
El asunto es que yo estaba allí. Solo. O todo lo solo que puedes estar en un paisaje casi idílico, casi perfecto. Sol, nubes, árboles, agua. Naturaleza y Artes Marciales. Pensándolo mejor, no. No estaba solo.
Tras el largo día de entrenamiento me puse un rato a meditar sobre todo. Es lo que tiene el mokuso, que te despierta el subconsciente y trae recuerdos aleatorios. Y hoy le tocaba.
Envuelto en un mato de respiración y tranquilidad, me puse a pensar todo lo que tenía que escribir. Lo ordené.
Quizás empezaría con un "era tan hermosa que me dolían las manos al no poderla acariciar. Su ojos infinitos, su sonrisa relajante y su piel dorada, me quitaban el sueño. Ese pelo rubio, o castaño, o como fuere. Que hacía a la luna insignificante y al sol oscuro.
Cuánto deseaba amarla. Cuánto deseaba decirle que no se preocupase. Que a partir de ahora, ella iba a ser la única dueña de mis besos. La única caricia de mi alma y el susurro que me despertarse el corazón cada mañana. Una sola noche con ella bastaría para que el mundo fuese un lugar perfecto.
No pido una relación. Ni tampoco sexo desenfrenado. Únicamente un contacto de esos que surgen con una mirada interrogante. Una sonrisa coqueta y un ceño fruncido. Una pregunta sin respuesta y una tensión que asfixie nuestra piel. Que nos obligue a acercarnos y a preguntarnos cómo hemos llegado ahí.
Y luego, una caricia. Un roce con la mano sobre su codo. Una inclinación de cabeza y una caricia en el pelo. Decirle que me devuelva mi respiración, que me devuelva la cordura. Que su belleza no conoce límites y que sus labios me exigen autoritariamente un beso.
Y no esperar respuesta. Darle un beso en esos carnosos labios. En esa sonrisa que hace unos momentos inundó mi cuerpo de un humo de tranquilidad. Y notar su respiración. Su pulso acelerado.
Dejarnos llevar por el impulso natural que domina esas situaciones. Acariciar su cuerpo, besar cada centímetro y descubrir sensaciones que no sabíamos que podríamos tener. Sentirnos, abrazarnos, arañarnos, mordernos. Devorarnos vivos y amarnos.
Y después, abrazarla y dormir. Hacernos sentir que esa noche sería nuestra noche. Que nada nos la arrebataría de nuestra memoria, aunque no volviesemos a vernos, aunque no volviesemos a tocarnos.
En eso pienso. En que somos materia en descomposición, y que si no aprovechamos el tiempo que se nos brinda, estamos perdidos para siempre. Condenados a equivocarnos y levantarnos, sin plantearnos siquiera cómo nos hemos equivocado.
Pero eso no sería un error. Lo de mi pensamiento. Eso sería natural. Amor. Amar.
Gabriel García Márquez, un escritor occidental decía "El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas". Y qué verdad es. Amar a dos personas es tan fácil como conocer a dos personas extraordinarias..."
Podría ser algo así. Lo pensaba allí sentado, sudado después del entrenamiento. Con el sol en mi rostro, secandome el sudor, acompañado por una orquesta de pájaros y agua del río. En la tranquilidad oriental que me proporcionaba aquella casa de Okinawa.
Acababa de llegar el Maestro. Será mejor que le ayude con la compra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario