sábado, 26 de enero de 2013

#Confesión 1 . Sobre el inicio

                   Era una tarde lluviosa, fría y gris. Andando sobre el camino que conducía al santuario, intentaba evitar a toda costa mancharme las botas recién compradas de barro. Las hojas de los árboles se inclinaban por el peso del agua sobre ellas, y las gotas caían sobre mi capucha que por ser de tela, más era un adorno que una protección.

                    Allí estaba el Maestro. Para abreviar su historia, digamos que es la persona más anciana que jamás he conocido. Su pelo largo y blanco, más que la nieve y la luz del sol, contrastaba con su piel rosada, arrugada y marcada por años y años de continua lucha y reflexión. Su barba hacía alusión a una época en la que su sonrisa bañaba su rostro. Ahora, impasible, parecía haber olvidado cómo se mostraban expresiones. Tan sólo lo hacía con los ojos, y raro era, pues siempre estaba con los ojos cerrados y meditando.

                    De todas formas, como todos los días hasta el de hoy, me senté delante de él y comencé a meditar. Mokuso, el arte de automatizar tus movimientos, de liberarte de la carga continua del pensamiento y  centrarse en lo realmente importante: el movimiento sutil y natural de lo que nos rodeaba.

- Maestro- le dije con voz relajada, tras unos instantes de meditación- ¿puedo confesarle algo?- Como no obtuve más respuesta que el silencio, me arriesgué a continuar. La impertinencia era característica propia del narrador de esta historia. Para que nos vayamos conociendo, querido lector - Siempre he tenido miedo de no saber cómo reaccionar ante determinadas situaciones. Como si necesitase urgentemente lo que hago ahora mismo: relatar y pedirle consejo a usted. ¿No le importaría si lo hago más a menudo? No hace falta que me responda, tan solo... 
- No hace falta que te responda. Tan solo... ¿qué? El acto de reflexionar es mucho más que hablar sin obtener respuesta. Es pensar para encontrar salidas. Es tu reflexión, tu principio de curiosidad lo que debe hacerte obtener resultados. No es consejo lo que necesitas, ni mis respuestas. Son preguntas, las preguntas adecuadas. ¿Lo has entendido? - la interrupción del Maestro me pilló de improvisto. No me esperaba que me respondiese con una contundencia y brusquedad tan exageradas. Noté la sangre acumulándose en mis mejillas y las palabras que se mezclaban en mi mente.

                    El maestro seguía con los ojos cerrados, nunca los abría. Al menos no para hablar, decía que las cosas que los ojos veían, las entendía mejor el corazón que la vista. "Has de pensar con el corazón y sentir con la mente. Pero has de ver con ambas cosas. Si cierras los ojos y no ves nada, estás lejos de encontrar respuestas". Siempre lo decía.

- Sí, Maestro. Lo he entendido. No buscaré consejo, más buscaré las preguntas adecuadas. Ahora lo veo - le dije, mientras mantenía mis ojos cerrados.

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