- Ya sabe, Maestro, que nunca fui mucho de poemas o de libros de literatura. Lo mío era la fantasía, la política, la filosofía. Todo lo que pudiera suscitar un pensamiento crítico o cambiar mi forma de moldear la realidad. Pero conociéndola, empecé a valorar cosas que jamás soñé que haría: un buen poema, las palabras que se esconden tras versos y prosas en algunos poetas. La mirada teñida de cariño y nostalgia que algunos artistas plasman en sus letras, a veces un dolor desgarrador, a veces un amor tan profundo que te ahogan, que te asfixian. Descubrí por error unos días después de aquello un poema que hablaba del amor. Un poema de un artista sudamericano llamado Pablo Neruda:
«Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte
la leche de los senos como de un manantial,
por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte
en la risa de oro y la voz de cristal.
Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
porque tu ser pasara sin pena al lado mío
y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.
Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
y más.»
Leí aquel poema en la sala donde antes dormía el Maestro, ahora reformada (un poco, los techos seguían siendo un quebradero de cabeza). Lo leí en alto y sentí cada palabra como la primera vez que sonaron en mi cabeza, una noche de las que no recuerdas bien, una noche cualquiera en tu vida, y en la que ella ni siquiera estaba en mi cabeza. Pero la vida te pone muchas veces delante de las narices una prueba y te reta, para ver tu reacción en ese extraño juego. Esa noche era normal, me estaba durmiendo y, sin querer, leí esas letras de Neruda.
- Todo volvió a emanar de mí, Maestro. Esa noche volvió el dolor después de muchas noches en silencio. Volvió desgarrándome y volvió con una fuerza tan asombrosa que las lágrimas brotaron esa noche como lo hicieron el primer día. Morir, y todavía amarte más. No podía parar de repetir ese fragmento. Y todavía amarte más. Y más. Maestro, fue la noche más difícil que viví hasta ese momento. Pero lo mejor vino a la mañana siguiente. Fue la primera mañana que me desperté sin dolor en el pecho, sin angustia en el corazón y sin lágrimas. Fue la primera nueva mañana de mi vida donde el sentimiento y la razón empezaban a converger hacia un punto de superación. La amaba, la quería, haría lo que fuera en ese momento por volver con ella. Por supuesto. Pero esa mañana, era diferente. Ya no me daba miedo el día, ni la tarde sin ella. Ese día descubrí que también podía ser feliz yo, y que eso era indispensable. Esa mañana fue mi primera nueva mañana.
Me tumbé en la cama y sonreí, mirando las paredes de papel reparadas malamente con cuero y grandes hojas. Vi el suelo lijado y barnizado con aceite, brillante y a la vez escondiendo cientos de historias entre sus grietas. El sitio comenzaba a serme familiar, pero aún tenía muchas cosas que solucionar. Como, por ejemplo, ese maldito techo.
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